sábado 4 de julio de 2009

La ciudad se nos mea de risa, nena.


"Generada por fertilización in vitro, la política será concebida sin amor, sin odio, pero también, indiferente, vacua, insípida, como la vida entera de Michael Jackson, carente de toda humanidad. Ahora es el PRO, luego será NIKE, luego cualquier logo desprovisto de todo sentido." Así encabecé mi facebook, la semana pasada. Vaya militancia, la mía, a última hora y desde el facebook, casi, (me atrevería a decir), de una hipocresía rampante. Es que no participo ni nunca participé en política, en lo que entendemos como la política, los partidos, las luchas, discusiones de índole práctica sobre los números de la economía nacional. Tampoco fui dolorosamente apaleado por un policía durante alguna marcha, simplemente porque no fui a ninguna, y estúpida y únicamente, fui preso la primera vez que fumé marihuana. Así que ven, soy un idiota más de los miles y miles que debe haber en mi generación. Y sin embargo, como dice un escritor argentino, en vez de rehuirlo, enfrentemos este impresionante hecho.
El impresionante hecho sería el hecho mismo de mi idiotez. El hecho de que no me interese leer los diarios ni informarme fehacientemente de los temas de actualidad, y que siempre utilice ciertos argumentos generales para cerrar alguna discusión política, los cuales son, como se dice, irrefutables, porque no se trata mas que de palabras que niegan lo que distingue a una situación y la tornan más interesante respecto de alguna otra: las particularidades. Así, como imagino deben hacer los comunistas teóricos “¿Aumentar el salario? No, eso canaliza el disgusto por el sistema transformándolo en un simple trueque entre empleado y patrón, y, por ende, establece en el interior del mismo una demanda que en realidad le iba dirigida desde fuera. No, de ninguna manera, aumentar el salario es reformismo.” Algo que, visto desde una perspectiva a largo plazo, está muy bien, es decir, si tenemos en cuenta un plan de lucha milenario hacia la revolución, pero que por el contrario desde el presente no es sino otra cosa que un refinado argumento de derechas. De modo que es curioso ¿No? Si miramos hacia el horizonte el argumento es de izquierda, y si lo observamos desde aquí, desde la acuciante baldosa en la que estamos parados, es sin embargo derecha. Lo mismo que en el sentido más literal y campestre, izquierda y derecha, lejos de ser valores absolutos, se intercambian y alternan dependiendo del punto de referencia.
Por supuesto, tampoco es bueno lo contrario, quiero decir, el particularismo recalcitrante que se guía solamente por estadísticas y contingencias del momento, dado que, de este modo, nos confinamos a naufragar en un pragmatismo peligroso, en el que terminamos paradójicamente perdiendo el mismo punto sólido sobre el cual creemos estar fuertemente afirmados. Así, prestándole tanta atención a los medios, terminamos por olvidar los fines.
Lo importante, entonces, es saber dónde estamos ubicados, y una vez allí, ir ayudándose con lo general.
Pero yo quería en realidad preguntarme por mi idiotez. Quería ver si, de la misma manera que hizo Descartes, una tarde común y corriente, en las que estaba sentado, sin ropas, junto al fuego, mi idiotez servía para aportar algo. Bueno, en este momento, yo también estoy desnudo, así que por ahí se me ocurre algo. Si sólo me viesen escribiendo frente a la computadora, de noche, rascándome erótica y frenéticamente el miembro… Mi gran y largo miembro, puesto que soy idiota. Pero quería decir que, como es lo único que tengo –además del miembro largo, claro- quería ver si con mi idiotez podía hacer algo, considerarla positivamente.
Comencemos con los hechos; aquél domingo de las elecciones (nunca me acuerdo las fechas) voté directa y efusivamente a Heller.
Ser efusivo en el cuarto oscuro es elegir de una, sin más, la boleta entera y depositarla cuidadosamente en el sobre. Ser efusivo en el cuarto oscuro es ser sumamente cuidadoso, tener miedo de equivocarte de lista, de doblar mal el sobre, de cortar boleta porque no sabés como cárajo hacer ese tipo de maniobras prácticas. Y fui muy efusivo. Yo quería votar a Heller y lo hice con convicción.
La otra opción viable era Pino, de etiqueta honesto y consecuente, y no dudo que, realmente, lo sea, pero también, como dije líneas atrás, sino le ponemos un toque de particularidad, de especulación pragmática a la cosa, con la pura generalidad no se llega a nada. Pero todo esto balanceado para que no se vayan a la mierda ninguno de los dos polos. Probablemente votar a Pino me dejara moralmente tranquilo, pero votar a Heller me daba esperanzas para seguir viendo entre las listas, alguna vez, y paradójicamente, a alguien como Pino, es decir, alguien que reivindique ciertas cosas básicas con las que estoy de acuerdo, salud pública y extermino radical de la pobreza –no de los pobres-. Pero si la cosa sigue así, como está siguiendo, la derecha va a copar todo y lamentablemente, la posibilidad real de opciones progresistas viables se verá obnubilada. Porque Pino no tiene poder.
Porque lo principal consistía en luchar contra el neogorilismo cool de los Narváez, los Macri, los verdaderos hijos de Mendez, era preciso dar una señal contundente de apoyo a los Kirchner.
Sí, claro, como ya dije, desde una perspectiva general, son todos unos cerdos capitalistas, porque estamos en un sistema de ese tipo y porque la cosa todavía es o vivir de la venta de la propia fuerza de trabajo, o vivir a costa de la fuerza de trabajo de otros. Sí, claro que es así, pero ahora, hoy, hay que hacer algo y para dar el último paso primero hay que dar el primero.
Primero, entonces, había que estar con los Kirchner.
Si efectivamente los ideales progresistas y peronistas que, al parecer, encarnan o quieren encarnar los Kirchner, son o no verdaderos o son por el contrario una pantalla para esconder oscuros negocios, esto no afecta la validez de las razones de mi voto. Quiero decir, porque mis razones son razones desde la idiotez. Desde la ignorancia de cosas muy concretas. Porque aún desconociendo la probidad moral de los Kirchner me inclino a votar por ellos. ¿Y por qué? ¿Y cómo sucede esto? Se preguntará el lector escandalizado. Bueno, pues, porque, como dije, ignoro muchas cosas. Porque al menos desde lo simbólico –y no tan simbólico-. (Aumento a los jubilados, estatización de AFJP, recuperación económica, impulso de los juicios a represores y la inolvidable, emotiva, imagen del retrato de Videla siendo por fin desterrado del infame honor que en las paredes de la Esma, todavía, se le profesaba, etc.) Al menos desde lo simbólico, simbólico contra simbólico, ganan por afano los Kirchner. Porque si unos mienten, los otros confiesan. Porque si Cristina y Nestor mienten, Macri, De Narvaez y Michetti te lo dicen en la cara, se van a cagar en todo, y está todo bien, y por eso los votan. Porque el argentino medio aprecia mas la honestidad y la sinceridad que la justicia.
Deben pensar: ah! Este tipo dijo adelante de todos que quiere matar a los pobres. No trata de ocultar nada. Es un tipo sincero. ¡Vamos a votarlo!
El argentino medio es un ente lavado de ideología, y, acostumbrado a la comodidad que puede ofrecerle la supina obediencia en el trabajo, busca para la ciudad un jefe, o un gerente. El nuevo jefe de la ciudad debe asegurar la estabilidad del jefe particular, privado, y así, casi por transición, la del mantenimiento de la mónotona y cómoda vida del propio argentino medio. De este modo, la serpiente se muerda la cola. Se cierra el círculo.
Que se convierte en burbuja.
Cárcel a los menores y los bolivianos no entran en los hospitales.
Pero, por supuesto, todo esto, lo digo desde la estupidez. Ignoro muchas cosas, pero entre una ignorancia y una certeza de lo fatal, me quedo con la ignorancia. La misma con que los otros escribirán insultos en mayúscula y sin ortografía, sopa de frases inconexas, cual zombies teledirigidos por Tinelli y Mirtha Legrand, contra la presidenta:
"Cristina KK
RENUNSIA CONCHUDA"
yo, por lo menos, a mi idiotez puedo hacerla hablar.

viernes 3 de julio de 2009

Una Argentina para desarmar


María Laura Santillán. Pelotuda. Eso me vino a la mente cuando, ofuscado, y con una molestia en la cabeza, como si una mota de polvo hubiese interferido el curso habitual, no muy sorprendente, de ninguna manera brillante, de mis neuronas, apagué el televisor y corrí directo a prenderme un pucho. El programa realmente me había molestado, hablaban, cuándo no, de los jóvenes, razón por la cual, apenas con mis veinticinco años, me sentí aludido, y todavía más cuando se decía que esos mismos jóvenes estudiaban y buscaban trabajo; les era difícil, según enfatizaba la conductora, salir de la universidad y adentrarse en el ancho y variopinto mundo de las empresas multinacionales. En consecuencia, sentados en una mesa redonda, y no obstante la imposibilidad del mismo medio de transmisión se podía adivinar en esa gente una amplia gama de caros perfumes cuyas moléculas todavía permanecían en el género de sus trajes impecables. Una joven egresada o no, no lo recuerdo, de comunicación social, había comenzado a trabajar en un pulpo financiero, o técnico, o mecánico, lo mismo da, y decía sentirse plenamente realizada, asimismo declaraba haber pasado con felicidad la selección en donde competía con otros congéneres por el puesto. Otros, más experimentados, y recientemente ascendidos, subrayaban que la honorable gente de recursos humanos había virado en sus criterios de selección; ahora no importaba solamente el promedio, sino también, decían, las cualidades personales, la positividad, etc. Maria Laura, volviéndose a medida que transcurría el programa, más y más, como dije anteriormente, pelotuda, repetía una y otra vez que en cuestiones de recursos humanos se había cambiado de paradigma, y le preguntó a esa gente qué era lo que la empresa había visto en ellos para ofrecerles trabajo, a lo que respondieron con una sarta de frases en un sentido tan manual de autoayuda, tan mierda, tan Ari Paluch, que uno podía hacer cualquier cosa menos vivir en este mundo; al considerar la posibilidad de convivir con semejantes seres, y aún de formar parte de su misma raza, o condición, o lo que sea, el suicido queda por siempre fundamentado.
No entiendo toda esa volatilidad del ánimo tan mentada; esa recurrencia infinita a la confianza, la pérdida de confianza, la creencia en el progreso, y muchos otros lugares comunes del léxico televisivo-ignorante-empresarial, que tiende a querernos explicar que hay ciertas personas que al parecer están predestinadas para ser mejores, o superiores, y pasarles encima a las otras, que, lamentablemente, no se encuentran, como ellos, avalados por el mismísimo ens máximum o Dios en su carrera personal, egoísta y codiciosa. El otro día leí una partecita, mínima, del libro de Ari Paluch; casi vomito, casi lo voy a buscar a la radio para pegarle un tiro, si en vez de Lennon hubiese sido este tipo, perdonaría sin concesiones a Chapman; recuerdo que decía algo así: el mundo se rige por la ley-causa efecto, por lo tanto -decía el eminente pensador- todo lo que hacemos nos vuelve, y eso prueba que somos agentes de nuestro propio destino. Todo Mal. Todo mezclado, te explico, Paluch, la relación causa-efecto es unidireccional, si tirás un vaso, se cae y se rompe, y después no se reconstruye y vuelve a ponserse solito sobre la mesa, entonces no sé como deducís a partir de la ley de causalidad la otra ley, tuya, proveniente de una mala lectura de algún libro religioso, de que todo lo que hacemos nos vuelve. Además, si todas nuestras acciones estarían regidas por dicha ley entonces, justamente, todo lo contrario, ¡No seríamos dueños de nuestro propio destino! todo al revés de lo que decís man, y pensar que la gente compra tus libros como si fuesen caramelos. Bueno, la cosa es que los empresarios hablan así, creen en que si uno quiere, entonces puede, y que por lo tanto, aquél que mira el televisor desde una vidriera, con el frío y el hambre en sus huesos borrándole lentamente la existencia, precisamente, se lo merece.
Luego de unos minutos de bronca, volví al living y prendí el televisor, el programa finalizaba y se podía ver a María Laura Santillán ejecutando una danza en la cual, similar a una foca contenta, sin preocupaciones y sin finalidad en el existir, comenzaba a batir palmas, dar saltitos y gritar eufóricamente: ¡Las empresas son humanas! ¡Las empresas son humanas! Después, un representante de los auspiciantes, un hombre alto, y gordo, y calvo, con un hilo de baba suspendido entre el labio inferior y superior, imprevistamente, se bajó la bragueta; María Laura Santillán seguía danzando en éxtasis, repitiendo frenéticamente su coro idiota, mientras los invitados, al ver a aquél hombre que se había bajado la bragueta, no dudaron en imitarlo, y así hicieron también los reidores, y los camarógrafos, y el público entero. La pantalla se había llenado de porongas, todos la sostenían en su mano. Una gran poronga televisiva formaba todo aquello y todos danzaron, repitiendo el coro de María Laura "¡Las empresas son humanas! ¡Las empresas son humanas!" Hasta que una pija con enormes cabezas, o glandes, los cuales se ramificaban en el vértice del tronco venoso y lúbrico, salió de la tele, y fue a dar directo, uno por uno, en el culo de cada uno de los televidentes.

jueves 26 de marzo de 2009

Vomitando, junto con Gombrowicz

El polaco había dicho: “No cabe duda que (…) los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado…” El polaco lo había dicho en una reunión de poetas, entre poetas. Lo había dicho, el polaco, de la poesía toda, y había titulado su conferencia del siguiente modo: Contra los poetas. Gombrowicz estaba en el horno. Podemos compararlo con un referí que se pone la camiseta de river, en plena cancha de boca. Podemos compararlo con el pibe que le pide moneditas a las señoras pacatas de Puerto Madero. Podemos compararlo con Evita, destilando el hermoso rencor contra las clases altas que la hizo grande. Podemos compararlo al gesto devorador del que siente, con todo derecho, que su vida puede afirmarse igual que la de cualquier otro, y comprende, contra toda evidencia externa, que nada ni nadie se merece de manera especial el segundo que habita, siendo que todos, son, somos, igual, de antemano, polvo barato, de albaliñería.
Mas o menos en el 47, el polaco Gombrowicz, exiliado, pronuncia su letal conferencia . Este simple hecho será sin embargo historia. Será leyenda. Tiendo a ver en esta conferencia, no la confirmación, como piensa Ricardo Piglia, de las teorías francesas de Deleuze Guattari y la literatura menor, y fruta, y fruta, y fruta sólo porque el polaco dice aquello de mandaría a todos los escritores al extranjero o mi castellano es pobre, o mi pobreza de estilo es incluso una ventaja favorable, etc, sino que, lisa y llanamente, observo el reclamo contra un mundo que se volvió burocracia, el de la literatura y sus literatos, y los profesores de filosofía, los opinólogos, los snobs, los idiotas, que, buscando solamente fama, montándose a caballo de la teoría de moda –porque en estas lides reina, también, la pasarela- se toman demasiado en serio y se creen y abogan por sus sueldos miserables, luchando entre sí con uñas y dientes como si en realidad se estuviese jugando la supervivencia del mundo. Un reclamo por el modo popular de entender la cultura. Sí, claro que la gente lee solamente best sellers o todas esas cosas ¿Y qué? ¿Acaso no es mas repugnante justificarlo todo con la teoría que manda la propaganda académica, y así todo escritor hablará del verbo, y la imposibilidad del decir y no diciendo propiamente nada, se las dará de intelectual que profundamente capta la tragedia de la historia? ¿Acaso hay que esquivar con horror el trazo grueso y embarcarse en la la vacilación para ocultar en realidad la falta de compromiso, político, estético, humano?
Todo ese juego histérico del límite y la transgresión del límite, del hablado y el que habla, de la ambiguedad y la indefinición, se transformó en una fórmula estúpida, y fácil, en una triste norma del buen gusto. Tenemos que buscar otra cosa. Apuesto a la ignorancia, de verdad. Soporto mucho mejor la ignorancia crasa del hombre común que aquella otra que muy cultamente nos propone la más refinada teoría de moda.



Aquí, la versión original de Contra los poetas, de Gombrowicz
http://www.ndet.org/foro/showthread.php?tid=2894

viernes 13 de febrero de 2009

ESE

La gota, cayendo entre las gotas, formando la lluvia, la lluvia radiante que vibra, y estalla y rompe y decolora las calles, como una tela delgadísima sobre la atmósfera, nos hace acudir a su llamado, siempre como si estuviésemos descalzos, como si aquello indefinible que, algunos, llaman alma y otros de diversas maneras, tocara desnuda las cosas. La lluvia, cayendo, me golpea con su murmullo rítmico y adormecedor, y me prepara, luego, para una ceremonia inexplicable. Puesto que las cosas guardan un aspecto que no les es propio, porque les pertenece, no a una, sino a todas, esto es, el destellar, vívidas, en el presente mágico, hay una realidad en ellas que las desmiente y que las está, todo el tiempo, estallando, una realidad en el interior de esa otra realidad de vegetal animal hombre o piedra, que las trasciende y las reverbera. La lluvia, vaya a saber uno cómo, tiene para mí esa capacidad de mostrar lo común de las cosas; su vibrar aquí y ahora.

***
Debí traerme otra campera. Debí recordar lo que ha dicho Marta: “hoy llueve”. “Seguro que hoy llueve”. Y quien sabe si no es por eso que salí, quién sabe si este olvido no es en realidad un perfecto recuerdo, una forma de engañar a mi consciencia y a todo lo que en ella habla de mí como de un hombre anciano (con ciertos deberes para la salud, ciertas manías típicas del miedo y del cuidado) en función de hacer lo que, quizá, sea lo que verdaderamente me gusta; sentir las pesadas gotas sobre mis hombros, mi cara, mis piernas, verlas correr por las líneas de mi mano como dibujando un destino. Diviso ya, borroso, el cartel del bar que está enfrente. Quiero detenerme a tomar un café pero inmediatamente me doy cuenta que ese lugar me repugna. Su asepsia y organización extrema, acaban con toda marca singular, detalle, imperfección o simplemente paso del tiempo, características esenciales de todo lo que es relativo a lo humano. Frío e importante como un cementerio, el nombre grandilocuente está pintado con colores intensos, fucsias, celestes, y adentro, dos mozos, vestidos de corbatín y traje, atienden en silencio y sobre el silencio palabras útiles, monosílabos y asentimientos de cabeza. La lluvia que lentamente va picando las paredes vidriadas, llega a formar hileras de agua, reguero que otorga la ilusión, a quien contempla de fuera, de que en cualquier momento el bar desaparece en lo gris. Seguramente que a esta altura Marta está alarmada. Seguramente que ahora piensa en mí, pero más por decreto que por intención verdadera, por la costumbre de ocupar la cabeza antes que perderla en la nada que cada vez más, desde todos los ángulos, se le acerca. La veo sintonizando los canales informativos en busca del dato crucial, el estado de la temperatura, y asegurándose, debido a una falaz asociación mecánica en la que todos recaemos, que por no aparecer muerto en la pantalla, ni nada por el estilo, entonces debo estar bien, en algún lado, tal vez caminando tranquilo bajo la lluvia, o mejor, bajo el resguardo de un bar caliente. Pasados unos minutos volverá a preocuparse, y volverá a poner el noticiero. Entibiará unos mates y se arreglará el pelo, con el vestido que se pone los días domingo, atravesado de florcitas rojas y apretadas. Y casi que puedo verla entrar al patio, descalzarse las pantuflas, y posar los pies en el barro del jardín, cubierto ya por el toldo. Luego retrocederá para arrimar la banqueta y apoyar encima el mate, y comenzará su trabajo lento y minucioso, que consiste en arrancar los brotes en malas condiciones y reemplazarlos por otros relucientes. Las ideas y las sensaciones se suceden y se mezclan con la vista, mientras camino, y observo a la par aquellos árboles de la plaza cómo se cruzan en las copas, filtrando los rayos de luz por los espacios que dejan las ramas. Cae la luz lenta, apenas más pesada de lo normal, como polvo, y un niño pequeño entrecierra los ojos y luegos los abre, mientras la madre, le cruza una mochila en la espalda y lo carga repentina y fugaz, instintiva, sobre los hombros; se aproximan luego hacia la ronda que conforman otras madres y otros niños y en cuyo círculo un payaso vestido de azules y amarillos, con excepción de unos rojos en la falsa nariz, y los zapatos, gesticula exageradamente; aroma fresco y crispado, enérgico, que se detiene cuando se anuncia que, a causa de la lluvia, cada vez más intensa, el espectáculo se suspende. En menos de lo que canta un gallo no queda nadie en la plaza, salvo un hombre perdido, que parece vacilar, en su marcha, hacia un costado y hacia otro, un borracho, tal vez, que sobró de la noche anterior, del sábado festivo y aniquilador, caminando en permanente desequilibrio. Tiene pantuflas rojas y pies pequeños, características que lo convierten en la figurita inversa del payaso, quien, con el maquillaje descorriéndose de la cara, comienza a desmontar el escenario. El borracho mira hacia mi lado. Un punto lejano e indefinido, inexistente. Al parecer tiene la intención de abandonar el parque y cruzar la calle. No me preocupo, aunque tenga en mi mente los dichos de Marta: “tené cuidado”. “Afuera es un infierno”. “Ahora te matan por cualquier cosa”. Su miedo cree prefigurar un tiempo preciso y un lugar determinado, pero cae en una trampa, de las que un filósofo llamaría, ontológica, porque, quién sabe, hacer la cuenta de cada cosa que existe en un solo instante, por ejemplo, en esta cuadra crujiente y malgastada, nos llevaría años, tal vez décadas y quién sabe si hasta siglos. De modo que ahora podría ser verdaderamente algo infinito, con lo cual, al contenerse todo, pero absolutamente todo, en un ahora, no habría por lo tanto ni un antes, ni un después, porque, queda claro (¿Entiendo realmente esto que digo?) todo estaría contenido en un ahora. De modo que cuando Marta dice este tipo de cosas, cuando el miedo de Marta dice este tipo de cosas, el miedo de Marta apuesta a determinada concepción acerca del espacio y del tiempo y del cosmos entero, y tal vez no haya proposición alguna que no conlleve algún tipo de valoración acerca del más lejano de los astros, ni bien sea en apariencia tan inocente y neutral como: “hoy hace frío”, “ha comenzado a llover”, “afuera te matan por cualquier cosa”. Recuero las charlas con un viejo amigo, Ricardo, lo recuerdo apasionado por estas cosas, intentando demostrar que el concepto de tiempo, y el de espacio, aunque él no supiera nada acerca de la teoría de la relatividad o la física cuántica, aunque no tuviera en cuenta nada de la ciencia, decía Ricardo, eran uno y el mismo y se entremezclaban. La cosa es mas o menos así, decía, es simple, es lo más pelotudo del mundo, cuando decís año, es imposible no estar diciendo, a la vez, siglo, y cuando decís siglo, tenés que ubicarlo dentro de un milenio, y al milenio dentro de qué se yo, más que un milenio. De manera que –decía, generalmente en un bar, en la estación de Chacarita, con un Malboro siempre a punto de prenderlo pero no prendiéndolo nunca, que dejaba apenas, flotando, entre la comisura del labio-. Cada parte del tiempo es todo el tiempo. -Y como dejándola picando, remataba: fijate si no pasa lo mismo con el espacio.
El hombre, el borracho, levanta una mano y murmura alguna cosa. Ya está cruzando, con suerte y con pericia involuntaria, la calle. Finalmente, se viene hacia donde me encuentro. Se me viene. Tiene mi edad, más o menos, arrugas en la cara y unas canas le pueblan, solitarias, el cráneo en general desnudo. A medida que se acerca, empapado, puedo distinguirlo, observarlo en detalle, sus labios de los que penden gotas, parecen estar, apenas separados, queriendo decir algo. No me asusto, sin embargo, aunque si pensara como piensa Marta, debería. Porque es grandote y podría dejarme inconsciente; ahora noto que es tal vez un poco más joven que yo, quizá cinco o diez años de diferencia. Ahora noto que tiene un lunar enorme en la cara, y de sus ojos verdes uno es más claro, más traslúcido, que el otro. Un hombre en su lluvia, pienso. O la lluvia en un hombre. Todo es lo mismo. Todo es lo mismo, pienso. Si no pensara, si por un momento dejara de pensar, lo que implicaría hundirme como un hierro ardiente en la superficie blanda de la existencia, fundiéndome, con todo lo demás, “vería”, en este momento, algo como hombrelluvia, aunque propiamente no pudiese “ver”, ni distinguir, ni nada, tan consustanciado con la simple vida. Pero la vida se esconde, se halla siempre oculta, tras la interpretación de la vida: esto otro se llama hombre, y esto otro lluvia, y son distintos, y pertenecen a géneros y clases distintas de acontecimientos y de cosas. ¿Qué carajo es la vida? ¿Cómo voy a saberlo, ahora, justamente, que un peligroso borracho se aproxima? ¿Cómo es posible que entre dos pasos del borracho, primero, uno, después, otro, yo pueda estar pensando lo que, creo, necesitaría minutos, y tal vez años, en referir con palabras? Tal vez Ricardo tenía razón y el tiempo es distinto, aunque eso no me consuela de ser viejo ni me convence de que no me falta poco. -La vida está entera en cada una de las cosas. Problema central de la filosofía –decía Ricardo-. Y si me apurás te diría que es El problema –decía, con su diente manchado a nicotina, y su pelo sucio, y su desordenada pasión por esas reflexiones que lo obsesionaban, y a veces, le costaban caro, como la vez que se hizo echar, como la vez que lo patearon, que lo mandaron al hospital, y como cada una de las veces que sufrió hambre-. Lo uno en lo múltiple –concluía-.
Pasa un cafetero, mirándome como extrañado, y me señala con un dedo la máquina, los tubos y los vasos, que lleva en el carrito. Con otra seña le digo que no, y entonces prosigue su marcha lenta y resignada mientras las gomas espesas del aparato chirrían agudamente al entrar en contacto con el suelo inundado. El borracho parece confundido por la presencia del cafetero, y se queda como pensando. Sólo un paso le resta para posicionarse enfrente de mis ojos. Sólo un paso certero. Y quién sabe. Tal vez se vaya todo a la mierda. Una calma tibia y cimbreante me recorre eléctrica; la descarga adrenalínica, el golpe oscuro en el pecho, la dilatación de las pupilas, la sudoración, todos los efectos del miedo, pero en realidad se trata de calma, o miedo con un plus de despreocupación e indiferencia ante los hechos. ¿Calma? ¿O miedo? Lo mismo da. Seguro que terminada la tarea del jardín, habiéndose lavado y secado los pies, Marta está ahora en la cocina, pasando las hojas del álbum de fotos con una taza de té en la mano. Cada tanto dejará el álbum detenido en una fotografía, en un movimiento detenido para siempre, y se arreglará el pelo, blanco y liso, y mirará dulcemente con los ojos impávidos, líquidos y flotantes, como dos bolitas de gelatina. ¿Por qué se aferra tanto al recuerdo? ¿Por qué todos los días la misma ceremonia, el jardín, el té, las fotos? Comprendo que, cuando uno es viejo, y la memoria no acontece, como es natural, sola y sin avisar, uno tiene que fabricársela. La memoria nos da la ilusión de una continuidad, entre lo que fuimos y lo que somos, asegurándonos que antes, existió algo, y que, a causa de eso, es posible que haya un hoy, ella nos explica, construye una historia. Decir que en estos momentos existe un árbol es estar diciendo que, alguna vez, hubo una semilla, y alguna vez, siempre más atrás, otra cosa. De modo que hablar es presuponer una memoria. De modo que hablar es lo mismo que antes, y después (que el tiempo). Marta teme olvidarse de si misma y por eso repite sus actos, una y otra vez, todos los días, el jardín, el té, las fotos, el vestido de florcitas.
No hice ni dos cuadras desde que salí y el tiempo no cambió en absoluto, gris y sobre la atmósfera un aire pesado que cala hondo en los huesos y enlentece el paso. Se ven las copas de los árboles, y la plaza solitaria. Sólo el payaso, deslizándose hacia la calle. Pienso en gritarle, pero una sensación metálica en el estómago me paraliza: el borracho está demasiado cerca. Puedo ver claramente que su piel es dura y tostada, y me animaría a decir que también es fría, como una cuerina apenas gruesa, seca y áspera, abre la boca, mientras unas gotitas le resbalan por la mejilla hasta la comisura y otras se desprenden, súbitas, de la frente, perdiéndose luego en las rugosidades del cuello flácido y comprimido. Me estremezco; su pesada mano hace presión sobre mi hombro, parece que irá a hablar; lo imagino propinándome un consejo, su postura, inclinado y mirándome profundo, adopta cierto aire paternal, en su doble sentido; en la dimensión amistosa, y en la dimensión del mando. Y un destello que recorre su total imagen, como si tuviera miles de lamparitas, siempre demasiado pequeñas y hasta invisibles, distribuidas en distintas zona del cuerpo, iluminándole las mejillas, los ojos, la nariz o la boca, pero nunca en todos esos lugares a la vez, me trae una sensación vaga de familiaridad. Creo, por un momento, reconocer en él a un viejo amigo, tal vez Ricardo, de quién nunca mas se supo nada. El borracho (o Ricardo) me observa y sigue apoyando largamente su mano en mi hombro, confianzudo, o amenazante. Ciertos detalles de su fisonomía, me hacen dudar, pero otros por el contrario me convencen. Me deja pasmado: repentino y absurdo, retrocede, da media vuelta, y sale disparado hacia adelante, alcanza en un segundo la esquina, y después dobla hacia la izquierda.
En el reflejo aceitoso de una zanja, se ha formado, combado, y corto, nimio, un arcoíris, ya que el sol está más fuerte, y la sombra, ha declinado más. Miro la yuxtaposición de los colores resbalar por la frescura del agua negra, y también se ven las gotas, que, cada vez menos, pero conservando regularidad y firmeza, explotan y forman ondas circulares sobre el líquido oscuro, y adentro de esas ondas otras ondas, más chicas, van apretándose, en torno a un punto central, que es a donde ha caído la gota. En esta cuadra que todavía no he terminado de caminar y en esa plaza de enfrente se evidencian la soledad y el hastío, pero también en eso tantas veces visto, hay siempre algo diferente: cada vez que una cosa resplandece ante unos ojos, es distinta y nueva. Hay algo nuevo en lo viejo de las cosas. Un misterio oculto que guardan y que exponen secretamente a cada paso. Puesto que guardan un aspecto que no les es propio, porque les pertenece, no a una, sino a todas, esto es, el destellar, vívidas, en el presente mágico, hay una realidad en ellas que las desmiente y que las está, todo el tiempo, estallando, ése, su vibrar aquí y ahora, sobre la cuerda chispeante y tensa de la existencia, que, al igual que a mí, las rebasa y las reduce a mero momento, triste y estúpido escombro, caminando lentamente hacia la nada.

martes 25 de noviembre de 2008

No pienses en elefantes

Con ella, la cosa es bastante difícil. Todo lo contrario a como la ve la gente; no es simpática ni fácil, ni compañera, sino histérica y peleadora, pero eso sí, irresistiblemente hermosa. El otro día, mientras hacíamos juntos las compras, yo cargando una bolsa roja y verde, porque a ella le gustan las rojas y verdes y, cada vez que observa algún otro color en su bolsa, se pone a gritar y a tirarse de los pelos, nos topamos con un elefante. No era un elefante grande, sino enanito, con una trompa y una cabeza pequeñas; me llegaba a la altura de las rodillas. El elefante, ululaba. Era raro, porque no hacía ruido de elefante, sino de paloma o de animales por el estilo. Y se ponía loco, frenético, como si estuviese en celo, rozándose contra la rodilla de ella, que, sin dudarlo, comenzó a acariciarlo y rápidamente tuve que resignarme a llevarlo a nuestra casa, y comenzar a convivir con un elefante. Pocholo, le pusimos, pocholito, fuimos diciéndole con el tiempo, y decidimos buscarle una novia, porque era notorio la falta que le hacía, pero a pesar de haber ido a zoológicos, y a la selva algunas veces, no encontramos ninguna elefanta enana. Yo sé que es algo muy común adoptar un elefante enano, y que hoy en día no hay familia que no tenga uno en los fondos de la casa, comiendo apaciblemente su manojo de maníes, pero yo, lamentablemente, nunca pude soportarlos. Creo que mi reticencia a tales bestias, tiernas e inofensivas, y según dicen, los mejores amigos del hombre, se debe a una experiencia traumática en mis años primeros; yo leí, en un libro escondido de mi abuelo, una historia acerca de un mundo mágico, allí no había elefantes enanos y por el contrario otro tipo de especies, fantásticas, lo habitaban. Imagínese lo que ha sido para mí mentalidad infantil, enterarme de la existencia, imaginaria o no, pero existencia al fin, de monstruos mitológicos tales como los perros o los gatos, nombres terribles y enigmáticos.
Pero mi problema es grave; este elefante que encontramos a unas pocas cuadras de mi casa es demasiado idiota; no sabe masticar, ni caminar, ni utilizar su trompa, todo tenemos que hacerlo por él, ahí va en busca de un par de maníes y nos vemos obligados a alcanzárselo y llevárselo a la boca, ahí va en busca de un árbol para hacer sus necesidades, y no hay más remedio que levantarle una pata. Es demasiado molesto, la chica de las ventanitas a los costados de los ojos, nos dijo que era un Celestius Especialis, que quiere decir, según dijo ella: Animal loco infradotado que arruina la vida de las gentes, el caso es que, ésta clase de animal, es de difícil tratamiento, porque posee una resina invisible que se activa y riega por los aires cada vez que mueve sus ojitos o se frota contra alguno de nosotros, o llama con voz suave, por las noches, al costado de la cama; es irresistible, imposible casi, dijo la chica con ventanitas a los costados de los ojos, de abandonar. Pero a todo esto se añade, justamente, la personalidad complicada de mi esposa, que al parecer es más susceptible a los efectos de la resina, ya que, cada vez que discutimos el tema, ella se toma de los pelos y comienza a gritar palabras incomprensibles, una, dos, tres horas, durante las cuales no tengo más opción que poner cuidadosamente unos algodoncitos en mis oídos, y tratar de borrarme del presente, de este mundo, y de todo lo conocido, incluyéndome a mi y a mis otras facetas.

Cómo me gustaría acribillar a ese Celestius; levantarme sigilosamente por la noche, después, por supuesto, de haber drogado impunemente a mi esposa, tomar la ametralladora, correr loco, excitado, místico, furioso, hasta el patio, y matarlo, muchas veces, para que no queden dudas. Pero no crean que no lo intenté; a pesar de ser un Celestius, o quizá precisamente por eso, está muy bien adaptado en cuestiones de autodefensa y reacciona con la única arma que el mundo le ha otorgado a su favor; su resina. Yo me acerqué, tratando de disimular mi emoción y aún de callar la ansiedad de mis dientes, que, impacientes, se chocaban unos con otros; y asegurándome que estuviese dormido, empuñé mi arma en dirección hacia donde reposaba, respirando despacio y plácidamente, y gatillé, en realidad, casi gatillé, porque ni bien mi dedo comenzaba a presionar el disparador, noté que se retraía, como si en el momento se hubiese arrepentido. Lo vi ahí, tan enano y tan elefante, sus párpados gruesos, sus orejas redondas, casi perfectas, cayéndole encima de las mejillas, y el puñadito de maníes a medio comer, y supe que era inevitable; el animal me había atrapado con su resina.

Consulté, ciertamente, algunos abogados, quienes me informaron de las figuras procesuales que, desde hacía tiempo, ya se habían establecido para casos de asesinos de elefantes enanos, sobretodo con agravantes si la víctima resultaba ser de la variedad Celestius. Hace un tiempo, me decían los abogados, si usted deseaba eliminar uno de estos animales, nadie se escandalizaba, y probablemente ejecutaría su propósito en medio de una indiferencia general, pero ahora, señor, ahora es muy distinto; prácticamente no hay un solo hombre que no posea una de esas bestias, incluso, todos los presidentes tienen uno; hay quienes los postulan como ejes de su campaña electoral y está muy bien visto presentarse a elecciones acompañado de un elefante, enano preferentemente, y sonreír y sacarse fotos a su lado.

Por todas esas razones y porque me creían un ser despreciable, dejé de consultar abogados; hubo muchos que se negaron a defenderme en los tribunales; un violador, puede ser, un estafador, un corrupto, son cosas que contempla la naturaleza humana, pero un asesino de elefantes, y más aún, de un Celestius Especialis, es una de las aberraciones más monstruosas que en esta profesión pueden oírse, me decían casi todos, por no decir que literalmente todos y cada uno de los abogados. Entre tanto, mi Celestius seguía creciendo, claro que crecer en este caso no tiene un significado corporal, porque siempre mantenía el mismo tamaño, sino que quiero decir que el Celestius era cada vez más Celestius, más Especialis que nunca.

Poco a poco, fui tratando de evitar a mi elefante, olvidarlo, ocuparme en otra cosa, y durante dos meses me interné en un barco ballenero japonés, para vivir nuevas aventuras, y así, curarme de la obsesión y la molestia que ese mamífero me causaba, pero todo fue inútil; un día mi esposa llamó, loca, diciendo barbaridades, se suicidaría, se pegaría un tiro, sino regresaba a casa y la ayudaba a cuidar al Celestius.Tenés que venir, me decía, Pocholo está creciendo y te necesita. Pocholo no puede comer, ni dormir. Pocholo te extraña, me decía mi rematada esposa. Al diablo con el elefante, cuando regresé de mi expedición en el barco ballenero, eran las tres de la mañana, toqué el timbre, y como nadie abría, utilicé la llave, llamé a mi esposa, pero nadie me contestaba, dejé las valijas sobre la mesa de la cocina, y me dirigí hacia nuestra habitación; mi esposa dormía enroscada al elefante, que, también dormido, posaba su cabeza sobre el abdomen de ella; se sobresaltaron, mi esposa se cubrió con la sábana, e intentaba alejarme con insultos, pues al parecer creyó que era un ladrón, pero al minuto se dio cuenta que se trataba de mí, de su querido esposo, y me dijo: ¿Por qué no avisaste? ¿Por qué no me dijiste que ibas a venir hoy? Pocholo se había despertado, y me miraba con los ojitos entornados, y con el entrecejo fruncido. Sentí que había hecho algo malo, y esa noche dormí en el patio.

Probé entonces, con algo que yo nunca hubiese querido; ir al psicólogo. Fui a cinco o seis. El primero se llamaba Amartya Cáceres. Nombre extraño, pensé, pero inmediatamente se me hizo la idea que así deberían llamarse todos los psicólogos; siempre tuve la idea que si ellos pueden curar a un enfermo, es porque, de algún manera, como pasa con las vacunas, en la facultad, o dondequiera que hubieren realizado sus estudios, les incubaron la enfermedad, y así también, muchos, están completamente de remate. Y recuerdo que pensé, no sin cierto orgullo tonto, un lugar común, una frase gastada, pero que en aquél instante me pareció digna de un genio: un psicólogo es un loco con título universitario, un departamento, seguro jubilatorio, y algunas buenas vestimentas. Precisamente, pensé: ¿Cómo podría la ciencia conocer si en algún punto no fuese ignorante? ¿Cómo iba un psicólogo a tratar un demente si en algún punto, el también, no fuese un demente más? Y así me fui emocionando con mis propias ideas, hasta llegar a creer que esa lógica contradictoria gobernaba todos los actos de la vida; si yo quiero matar a mi elefante –reflexionaba- es porque lo amo, sino me importara, lo dejaría vivir tranquilo. No dudé en revelarles estos pensamientos a mis sucesivos psicólogos, quienes, la mayoría, me dieron de alta al primer día, declarándose incompetentes para lidiar conmigo, y advirtiéndome, en algunos casos, que me denunciarían a la policía por mi “asquerosa” intención de asesinar a un elefante enano.

Los psicológos y los abogados, fueron abandonándome, y yo imaginé que si tanto unos como otros llegaban a la misma conclusión, esto es, que no deberían ayudarme, era porque en algún punto, aquellas dos profesiones compartían más de un aspecto en común; lo que nos parece tan abstracto y lejano, los mecanismos que rigen la sociedad entera, se ponen sin embargo de manifiesto cuando uno experimenta una prohibición; en ocasiones aquella prohibición que se da en un ámbito, en una de las esferas de la maquinaria en la que vivimos, se repite luego hacia otras esferas distintas, y entonces uno se da cuenta, con terror, que ha vivido ciego y sordo en un vértigo implacable, y que todas las acciones que ha ejecutado no son propias, sino siempre de otros, que estipulan al detalle los ritos de la vida, lo que hay que llevar, lo que hay que vestir, lo debe pensarse. Si en pleno día, decido sin más, bajarme la bragueta y en medio de las caras sorprendidas de aquellos que pasan por la avenida, saco el miembro destellante a la luz del sol, y me pongo a mear, entonces una señora se pondrá a gritar, y algún otro llamará a un policía; es claro, está prohibido hacer aquello en ese lugar. También pasaría lo mismo si quiero mear en el consultorio, del médico, del psicólogo, y en la oficina del abogado; toda la maquinaria social se conecta a través de una serie de prohibiciones, y son estas, la que definen el parentesco entre unas y otras esferas; comenzamos entender a una comunidad cuando percibimos qué es lo que, unánimente, prohíbe, excluye, segrega.

Pues bien, yo quería matar a un elefante enano, y no hallaba espacio alguno en que pudiese apoyarme ¿Dónde debía recurrir entonces? Probé con mis amigos; otro caso perdido, todos estaban embobados con los elefantes enanos, en vez de preguntar por mis asuntos, y más no sea por cortesía, acerca de mi esposa, las conversaciones versaban invariablemente sobre aquellos mamíferos, a ver quién lo tenía más grande, quién de un color más opaco o brillante, quién de una piel más tersa, etc. Mis amigos comenzaron a aburrirme, y un día que insinué la posibilidad de que aquél tema podía ser francamente un bodrio, me insultaron y me recomendaron seriamente un psicólogo. Los amigos me mandaban al psicólogo, los psicólogos a mis amigos, y así era rebotar, por culpa de aquél Celestius, de un lado a otro, sin sentido. Creí que finalmente me internarían en un psiquiátrico. Yo no estaba loco. Ellos estaban locos. Pero yo no podía decir nada; si en una isla abandonada naufragan cinco hombres, de los cuales cuatro están locos, y hay único cuerdo, entonces tiene pleno sentido, que, al menos en aquella isla, la situación sea completamente al revés, con cinco cuerdos y un solo loco.

Traté de conectarme con otras personas que estuviesen en mi situación; que odiaran, tanto como yo, a esos elefantes que, como por grados, habían llegado a gobernar las voluntades humanas, pero no hallé a ninguno. Sólo una vieja, en una plaza perdida, a la que consulté el tarot, me dijo: No pienses en elefantes. Por supuesto, lo único que en ese momento ocupó mi cabeza fue un elefante, y entonces comprendí; ese animal de mi mente era imaginario, pero eso no lo convertía en fantasmagoría, basta que declaremos una cosa como inexistente, para que ésta, por ese mismo acto, devenga real; la posibilidad es la única realidad. Los elefantes fueron invadiendo las calles, los bares, incorporándose a los núcleos familiares, asaltándolo todo, alguien podría decir que esto que estoy contando es ficticio, y sin embargo, pudo ser dicho, y escrito y pensado, y bien sabemos que eso mismo quiere decir otra cosa, que no importa cómo, los elefantes enanos son reales, y que yo estoy diciendo la verdad, aunque esté diciendo una mentira. Comprendí, con resignación, y no sin cierta tristeza, mi tragedia; los elefantes son indestructibles.

viernes 21 de noviembre de 2008

Marx también era poeta

“Al dejar atrás esa esfera de la circulación simple (…) el otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo, y no puede esperar sino una sola cosa: que se lo curtan”

(Marx, K. El capital. Libro I, volumen I. pag 214. Siglo XXI)


Cualitativamente, o por su forma, el dinero carece de límites, vale decir, es el representante de la riqueza social porque se lo puede convertir de manera directa en cualquier mercancía. Pero, a la vez, toda suma real de dinero está limitada cuantitativamente, y por consiguiente no es más que un medio de compra de eficacia limitada. Esta contradicción entre los límites cuantitativos y la condición cualitativamente ilimitada del dinero, incita una y otra vez al atesorador, a reemprender ese trabajo de Sísifo que es la acumulación”.


(Marx, K. El capital. Libro I, volumen I. pag 162. Siglo XXI)

lunes 27 de octubre de 2008

El blog y una joya.


Para los de Ñ que lo miran por tevé.



Cuento de Mario Levrero, extraído de Espacios Libres.



Capítulo XXX

El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes



Llegó nadando desde la isla, solo, dio unos pasos sobre la arena y cayó. No había en él nada que pudiera ins­pirarme terror; por el contrario, en esa hazaña que yo creía imposible, una forma de llegar que no coincidía en absoluto con las leyendas que se contaban de inva­siones terribles en naves impresionantes, había algo heroico y al mismo tiempo triste, algo que me hizo sentir una instantánea simpatía por el extranjero rubio.
Yo estaba sentado en las rocas, esperando la puesta del sol. Sabía lo que habría de suceder luego; por eso corrí hasta el cuerpo tendido y traté de apresurarme. Tenía los ojos abiertos, la mejilla derecha pegada a la ­arena, y jadeaba en el límite del cansancio; estaba desnudo, sólo tenía un cinturón de cuero, y advertí de inmediato la bolsita prendida al cinturón. El ojo, azul, lejano, que me miraba, no mostraba terror.
Traté de levantarlo, pero nunca tuve mucha fuerza y él no parecía poder hacer nada por ayudarme. Era como un cuerpo muerto. Luego lo tomé de los brazos y comencé a arrastrarlo por la arena. Cabía una posi­bilidad de que no hubiera sido visto; pero pronto se oyeron los gritos en el bosque, y supe que todo era inútil.
Tuve un impulso raro: saqué mi navaja del bolsillo y corté los hilos que ataban la bolsita opaca al cintu­rón negro; la guardé en el bolsillo, junto con la navaja, y me despedí mentalmente del extranjero.
Regresé a las rocas. No era una forma de esconder­me, pues me podían ver; sabía, de todos modos, que a mí no habrían de hacerme daño. Simplemente no quería ser cómplice de lo que iba a suceder, aunque ya no sentía por anticipado los remordimientos ine­vitables.
La luz extraña que sobreviene a la puesta del sol me mostró un cuerpo mutilado, trozado en siete pe­dazos, y una sangre entre violeta y negra que la arena absorbía rápidamente. Los adultos cavaron en la are­na siete pozos distantes entre sí, y el cuerpo del ex­tranjero fue enterrado, los miembros por aquí, la cabeza por allá, las partes del tronco, los pies, las ma­nos. No quería mirar pero no pude evitarlo. La náusea jugó un rato en el estómago y luego vomité entre las rocas. Después, los adultos se retiraron, a través del bosque, y yo quedé solo en la playa, lleno de asco y de odio, y la playa no era ya la misma, era fría y hos­til, y cuando aparecieron las estrellas también me parecían amenazadoras y frías.

Llegué a la cabaña muy entrada la noche, y a la luz del farol enterré la bolsita de nailon opaco en el suelo de tierra cerca de un rincón. Pensé que Luisa dormía, pero su voz un poco quebrada y ronca por el sueño me llegó desde la cama grande. Me sobresalté.
—¿Qué estás enterrando? —preguntó.
—Huevos —respondí—. Tres huevos rojos.
Mi forma de contestar eliminaba la posibilidad de nuevas preguntas, especialmente por el tono en que lo dije. De inmediato lamenté mi sinceridad, pero luego comprendí que daba lo mismo; tarde o temprano ha­bría de averiguarlo; el error fue no haber tornado ma­yores precauciones.
Me acosté, y Luisa dejó a un lado su muñeca favo­rita y se enroscó en torno de mi cuerpo.

I

Durante algunas semanas las cosas siguieron su curso aparentemente normal. Yo sabia que ya no era lo mis­mo, pero no imaginaba qué sucedería ni cuándo. En lo que me es particular, estuve evadiendo tanto los hechos como mis propios pensamientos. Me habría gustado poder olvidar lo visto en la playa, pero la escena volvía una y otra vez a mi memoria. Sentía recrudecer el odio contra los adultos, a incluso llegué a interrumpir deliberadamente mis charlas con uno de ellos, el más aceptable, a quien llamábamos el viejo F.
También hacia lo posible por mantenerme apartado de mis compañeros, pero no siempre lo conseguía y muchas veces los necesitaba.
Después de un tiempo no pude menos que advertir algunas cosas y comenzar a relacionarlas entre sí, aun­que no quise hallar la clave de inmediato. Hubo dos hechos evidentes y un tercero más subjetivo pero no menos real. El primero fue la desaparición de Inés, que se comentó brevemente entre los muchachos; no es que todos no quisiéramos a Inés y de alguna mane­ra nos preocupara el asunto a todos por igual; pero a ellos ningún problema les duraba, y cuando no encon­traban una solución inmediata lo dejaban a un lado; al cabo de unos cuantos días, para ellos era como si Inés jamás hubiera existido. Luisa, en cambio, se no­taba preocupada y como temerosa; y comencé a notar que se ausentaba y volvía sin dar explicaciones.
El segundo hecho fue el nacimiento de una plantita en la cabaña. Descubrí un tímido brote, exactamente sobre el lugar donde había enterrado la bolsita opaca. Se adivinaban un par de hojitas de un verde muy os­curo. El corazón me latió con fuerza y, sin saber por qué, me sentí invadido por una extraña y desconocida alegría.
El tercer hecho, que he Ilamado subjetivo, se fue manifestando con mucha lentitud pero, una vez cons­tatado, se hizo firme a irreversible: descubrí que recordaba, o sabía, o creía recordar o saber una cantidad de cosas que nunca antes había sabido y que nadie me había enseñado. Lo sentía como una forma de comprensión que no puedo explicar: una relación dis­tinta con el mundo de las hormigas y de los árboles, incluso una comprensión —que no excluía por ello el odio— del mundo de los adultos.
Algunas preguntas que vivían en mí informuladas surgieron naturalmente, y también sus respuestas; otras no quise indagarlas, prefería dejarlas imprecisas, sin que afloraran; pero de todos modos, sabía que habrían de surgir en su momento, que dentro de mí estaba creciendo algo fuera de mi voluntad y que no podría detenerlo; sólo podía, tal vez, demorar la con­ciencia de este crecimiento, y hasta cierto punto. Por eso necesitaba alcohol, o volver a la promiscuidad del caserón, o jugar a las barajas con los muchachos.
El fin de esta etapa estuvo marcado por mi visita al viejo F. Fue cuando las dos hojitas de la planta se habían unido en el extremo superior, formando como una esfera un tanto achatada, sobre la cual podía ver­se una circunferencia de pequeños puntos que brota­ban, parecidos a verrugas. Quería ver al viejo F para hacerle algunas preguntas, no sólo acerca de estas co­sas sino también de mí mismo. El viejo había vivido lo suficiente como para por lo menos haber observado una serie de hechos; pero me constaba que, además, también sabía pensar. O tal vez quería verlo para que simplemente me confirmara en mi actitud. Pero no pude decirle nada.
Se mostró sorprendido al verme llegar, como que­jándose de mi prolongada ausencia. Tenía un cigarrillo apagado en los labios, a un costado de la boca, y des­pués de haberlo visto tantas veces lo noté, recién aho­ra, extraordinariamente parecido a mí: la cabeza calva, las arrugas, los ojos, pero no tanto los rasgos particu­lares sino el aspecto viejo, esa manera especial de ser viejo; él no se parecía a los otros adultos y viejos que yo conocía, ni yo me parecía a los jóvenes de mi edad; (yo tenía, por esa época, unos quince años).
Fue una conversación muda, un dejarse estar, fu­mando y tomando mate, a veces con miradas fugaces, de reojo, de uno y de otro. Finalmente, cuando ya el mate hacía rato que había dejado de circular, y ya era noche cerrada, dijo “bueno”, como habiendo cumpli­do sobradamente una parte prologal, casi cumplimen­taria, y ahora fuese necesario tocar el tema.
—Bueno —repitió— ¿Qué pasa?
Me miró con gran ternura. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—No sé —respondí, mordiéndome los labios—. No sé.
Sentía una resistencia íntima, una íntima prohibi­ción de hablar de todo aquello, del extranjero, de la bolsita, de Inés, de la planta, de Luisa y de mi proceso; y sentía agolparse las preguntas sobre mi origen incierto, sobre la isla y sus mujeres, sobre el mal que nos aquejaba a todos, y al fin rompí a llorar, como un niño, lleno de rabia y de vergüenza. Apreté los puños, pero seguí llorando.
El viejo dejó transcurrir la escena en silencio. Se levantó de su banco y desganada a innecesariamente se puso a encender el calentador a kerosén, y luego me habló, de espaldas a mí, como tratando un tema general sin importancia.
—Ya nada será igual, muchacho —y después de una pausa importante, agregó—: al menos para ti.
Eso bastaba. Le estreché la mano en silencio. El camino bajo las estrellas lo hice lento y pensativo.


II

Las puntitas como verrugas crecieron y se transforma­ron en una docena de tentáculos o cabellos gruesos. La planta alcanzó unos treinta centímetros de altura, y el tallo tenía un color violáceo y la esfera y sus tentáculos un violeta más rojizo. Estos apéndices, doblados por su propio peso, describían una suave curva y caían hasta la mitad de la altura del tallo. Des­pués, comenzó la extraña relación con las mosquitas.
Siempre había visto con cierta simpatía un tipo de mosquita que era distinto de otras variedades; a éstas jamás se las veía revoloteando o posándose sobre la gente o la comida; simplemente se quedaban quietas, sobre una pared o un trapo colgado, preferentemente en zonas húmedas. Las alas eran redondeadas, más anchas y muy separadas en el extremo posterior, y casi unidas, más rectas, en el nacimiento junto a la cabecita. Parecían mustias mariposas diminutas, de alas grises permanentemente desplegadas.
Estas mosquitas comenzaron a multiplicarse en la cabaña, y se concentraban en el rincón donde estaba la planta; luego noté que entraban y salían de peque­ños orificios en los apéndices. Si no hubiese existido en mí ese respeto por su relación evidente con los huevos rojos enterrados, habría cedido a la tentación de seccionar la planta para saber qué buscaban allí las mosquitas y hasta dónde llegaban en esos con­ductos.
Paralelamente a estos procesos, Luisa había desapa­recido un tiempo largo; parte de este tiempo, lo supe, lo empleó ella también en la promiscuidad del caserón. No me molestó que lo hiciera. Cuando volvió no le hice preguntas ni reproches, y la acepté con naturali­dad; en cambio, llegué a enfurecerme cuando la vi una tarde, ocupada en espantar o tratar de matar mosqui­tas con un trapo. Ella se ofendió y, en venganza, volvió al caserón; pero un par de días más tarde estaba de vuelta en la cabaña.
Cuando los apéndices, que seguían creciendo, lle­garon a tocar el suelo, aparecieron las hormigas. Eran un poquito más grandes que las que habitualmente me dedicaba a observar, pero parecían pertenecer a la misma especie; tienen la cabeza pequeña con dos antenas y mandíbulas apreciables a simple vista; ,el cuerpo se compone de dos segmentos, unidos por una estrecha cintura. Me gustaba verlas caminar por su movimiento cimbreante, de gran elegancia. Estas hor­migas habían abierto una boca de hormiguero dentro de la cabaña, en el rincón, y se plegaron a las mosqui­tas en esa curiosa actividad de entrar y salir por los apéndices. Del hormiguero partía una hilera ordenada que entraba, luego salía por un apéndice distinto y regresaba también en forma ordenada.
En principio temía que destruyeran la planta, y estuve inquieto, observando, hasta descubrir que re­gresaban invariablemente sin nada, a diferencia de las otras hormigas que acostumbran trozar hojas y flores y las cargan hacia el hormiguero. También noté con alivio que la planta no se resentía en absoluto con esta actividad, y que seguía creciendo. Las hormigas y las mosquitas no se interferían; las primeras se con­tentaban con un apéndice de entrada y otro de salida, y no imagino qué sucedía cuando se encontraban den­tro con las mosquitas que utilizaban los demás con­ductos. Nunca advertí señales de enfrentamiento.

Una tarde aparecieron algunos de los muchachos —Al­berto, Eduardo, Mabel, Esther y no sé si algún otro­— con botellas de alcohol, que habían conseguido donde los adultos. También traían trozos de carne asada. Es­tuvimos comiendo y bebiendo, y luego nos entró una cierta modorra. Yo me recosté en el suelo, la cabeza apoyada contra uno de los troncos horizontales de la pared de la cabaña, cerca de la planta; temía que los chicos, consciente o inconscientemente, le hicieran daño. Luisa, que continuaba sus relaciones un poco difíciles conmigo, se acostó con uno de ellos, no sé si Alberto o Eduardo, y Esther y el otro también se enlazaron, en el suelo, a un costado de la cama. Mabel comenzó a mirarme intensamente, sentada frente a mí contra la pared opuesta, pero yo estaba en una elaboración mental muy interesante acerca de la plan­ta, de las hormigas, de las mosquitas y del extranjero, y en ese momento había logrado unir todo y sacar una conclusión inobjetable. Sentí necesidad de hablar inmediatamente con Luisa, pero ella seguía ocupada.
Dejé que mi mente siguiera trabajando en sus com­binaciones, y entré en una somnolencia que, curiosa­mente, no interrumpía ni entorpecía mis pensamientos: simplemente me separaba de ellos, casi diría que podía observarlos, y perdían su formulación en pala­bras o en imágenes, y eran ahora un hermoso transcu­rrir, un dibujo de múltiples líneas fluyentes que se entrelazaban y entrecruzaban. Mabel, tal vez aguijo­neada por mi apatía o simplemente por su propio deseo, comenzó a arrastrarse en mi dirección. Lue­go me estuvo acariciando el cuerpo, y por fin me desprendió el pantalón y comenzó a jugar con mi sexo. Yo noté, excitado, que se abría un nuevo conducto en mi mente. Era algo que nunca me había sucedido. Podía sentir y aún participar sen­sitivamente en las maniobras de la muchacha, y mi juego de pensamientos no se interrumpía, y al mismo tiempo podía observar las dos cosas des­de un tercer punto mental. A Mabel probablemen­te le enfureciera mi actitud pasiva, y la furia la sobre­excitaba y la llevaba a multiplicar sus manifestaciones eróticas. Por mi parte, cada vez que advenía el orgas­mo me inundaba una felicidad desconocida, algo que tenía más que ver con los procesos mentales que con lo estrictamente sexual: una liberación, un perfeccio­namiento o una purificación de eras ideas no expre­sadas.
Después me entró el pánico. Me asusté de mí mis­mo, sentí que estaba loco o a punto de enloquecer en un estado donde no había pautas ni referencias habituales; entonces me vi obligado a actuar, a desha­cer de alguna manera aquel estado de felicidad que me producía miedo. Salí de mi cómoda posición, me levanté, tomé a Mabel de los hombros y la sacudí con odio; luego la forcé a ponerse de rodillas y le introduje el sexo en la boca. Luisa se había sentado en la cama, los demás dormían, y ella me contó más tarde, muy asustada, que me vio aferrado a los cabe­llos de Mabel, quien lloraba de dolor y de rabia, y que en el momento del orgasmo mi cara y todo mi cuerpo se habían vuelto, por unos instantes, color ceniza; que yo parecía tan viejo que ya no había edad que se me pudiera adjudicar, viejo como un cadáver embalsamado, las arrugas del rostro pronunciadas hasta tal punto que parecía una pieza de cerámica agrietada. Yo no conservo memoria de esos instantes; sólo recuerdo que salí de allí de inmediato y me fui a dormir al bosque.


III

Había perdido la playa y las puestas de sol. El cadáver trozado del extranjero rubio había envenenado para siempre mi único momento feliz, pleno, esos atarde­ceres silenciosos y rojos. Las veces que había regresa­do a las rocas me había sentido nervioso y desajus­tado del paisaje, mi relación con las cosas que veía y sentía era angustiada o distraída: como si me imi­tara a mí mismo, un hombrecito sentado en las rocas gozando de la puesta de sol. Y por eso dejé de ir, aun­que algo que había en la playa me Ilamaba, sin que yo supiera qué. Al mismo tiempo, cada vez me costaba más salir de la cabaña: me había obsesionado con la idea de que alguien pudiera dañar la planta o los insectos, y había asumido un papel de guardián que, en verdad, sólo me quitaba independencia o me llena­ba de fastidio. Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de ésos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega. Por algún motivo, Luisa seguía a mi lado; continuaba sus metódicas excursiones y su ensi­mismamiento, llegaba a exasperarme con su prolijidad y complejidad en el juego de muñecas, las que vestía y desvestía, peinaba y despeinaba, y hasta hablaba con ellas y simulaba invitarlas a tomar el té.
El pequeño mundo que se movía en torno a la planta crecía visiblemente; la planta, más vigorosa y maciza que nunca, me llegaba ya a la altura del om­bligo, y los apéndices; ahora más gruesos y parecidos a trompas de elefante, habían crecido proporcionalmente y siempre sus bocas reposaban sobre la tierra. El tono violáceo había adquirido matices verdosos y rojos. La actividad de las hormigas era febril: conté hasta ocho columnas muy nutridas de obreras que iban y venían. Habían abierto nuevas bocas de hormi­guero cerca de la planta. Las mosquitas formaban pequeñas colonias, como racimos; al parecer habían abandonado esa soledad que las distinguía y las hacía tan simpáticas, y se integraban a oscuros manchones que decoraban las paredes y el techo alrededor de la planta, y entraban y salían de los apéndices no ya de a una sino en grupos.
Sintiendo que las cosas habían llegado a algún pun­to de maduración que sólo podía intuir, y como si recibiera una orden de mí mismo que debía aceptar sin discusión, me resolví a poner en claro algunas cosas, comenzando por ajustarle las tuercas a Luisa. Cuando volvió de una de sus misteriosas excursiones la tomé de las manos y la miré a los ojos.
—¿Dónde está Inés? —pregunté con firmeza.
Ella intentó hacerse la desentendida, pero había desviado la vista y supe que no me equivocaba. Inten­té varias veces hacerla hablar por las buenas, pero lue­go perdí la paciencia y le retorcí un brazo. Ella tuvo que girar el cuerpo y fue cayendo de rodillas, de espaldas a mí, gritando y quejándose de que le dolía y le estaba quebrando el brazo. Yo me mantuve fir­me. Y cuando había logrado arrancarle la promesa de revelarme todo y estaba a punto de soltarla, llegaron los demás y se quedaron mudos ante la escena.
Luisa aprovechó mi confusión para liberarse y colo­carse de un salto fuera de mi alcance. Los ojos le brillaban, por las lágrimas y la furia, y señalándome con un índice les gritó a los demás: — ¡Jorg está loco! —y desviando el índice hacia el rincón—: ¡Por culpa de esa planta!
Los otros nunca habían reparado en la planta, o si lo habían hecho no le habían dado importancia. Aho­ra la miraron con curiosidad. Recuerdo las caras de Esteban y Lucía, de Alberto y de Silvia, que mostra­ban asombro y repugnancia. Nunca habíamos visto una planta parecida, y la verdad es que su aspecto no era agradable, lo mismo que el misterioso a intenso movimiento vital a su alrededor.
—No digas más nada —advertí a Luisa, mirándola duramente. Comprendí que era imposible hacerla callar, y apenas abrió la boca le tiré un golpe de puño que alcanzó a tapar las primeras palabras; le partió un labio y empezó a sangrar en forma abundante. Los de­más se dividieron en dos grupos: uno, formado por muchachas, corrió a auxiliar a Luisa que lloraba y gri­taba; el otro, casi todos varones, se acercó a mí y a la planta; yo me interpuse entre la planta y ellos.
—Jorg —dijo Alberto—. Jorg.
—Al diablo —les dije—. Váyanse de aquí.
—Jorg, no hables como un adulto. ¿Qué pasa?
—Nada que les interese. Váyanse. La cabaña es mía. Luisa es mía. La planta es mía. No tienen nada que hacer acá. Fuera.
Dudaron unos instantes y me pareció que se po­nían tácitamente de acuerdo para la violencia; pero yo estaba preparado. Cuando Eduardo se aproximó a la planta, yo ya tenía interpuesta una silla, agarrada por el respaldo con la mano izquierda, y en la derecha una de las botellas vacías que habían quedado. Rom­pí la botella contra la pared de troncos y exhibí los filos de vidrio en forma amenazante. Eduardo retro­cedió.
—Se van a ir —les dije, y comencé a hacer girar el fragmento de botella muy cerca de sus ojos. Todos retrocedieron hacia la puerta. Las muchachas también. Y comenzaron a irse; todos menos Mabel, quien no había participado en nada y estaba sentada en el sue­lo, en un rincón, un poco oculta por la cama—. Luisa se queda —agregué, tomándola de un brazo. Esther y Alberto intentaban Ilevársela, todavía sangrando del labio y llorando, pero la amenaza de la botella hizo que la soltaran. al fin se fueron todos y cerré la puer­ta, trancando por dentro con un oxidado pasador que nunca habíamos usado y que me costó mover.


IV

Mi transformación física coincidió con la nueva rela­ción, entre las muchachas y yo; por algún motivo difí­cil de imaginar, Mabel se había quedado en la cabaña y trabajó en Luisa para hacerle olvidar la mala impre­sión de mis golpes y lograr que se integrase a ese raro mundo formado por ella y por mí, por la planta y los insectos. Mabel se volvió una aliada imprescindible; actuaba de espía en el caserón, tranquilizándome de tanto en tanto con noticias; también hizo unos cuantos viajes hasta el lugar de los adultos, y trajo algunos elementos que había decidido acumular: un pico, una pala, un par de carretillas, comida envasada, algunos encendedores de fuego y varias cosas más. Luisa insis­tía en sus excursiones: el primer día lo pasé muy ner­vioso pensando que quizás no volvería; pero volvió, y la dejé en paz mientras continuaba con mi plan de defensa y acumulación. Pero la mayor parte del tiem­po la pasábamos en juegos eróticos alcanzando, en las variantes entre los tres, extremos nunca imaginados par mí anteriormente; y yo me sentía cada vez más ajeno y dividido. Curiosamente, era Mabel quien impulsaba estos juegos.
La planta perdía sus apéndices, y las hormigas y mosquitas cesaban su actividad y entraban en un período de aparente reposo. Las mosquitas formaban ya unos racimos abultadísimos, como núcleos enor­mes, de los cuales se desprendían varias ramas, tam­bién integradas por mosquitas, que se unían a otros núcleos, y prácticamente ocupaban así todas las pare­des y el techo de la cabaña. Las hormigas se habían sumido en el hormiguero, aunque de vez en cuando se veía alguna dando vueltas en torno a las bocas, o aisladamente, explorando distintos lugares.
Al cabo de unas semanas de este tipo de vida mi cuerpo había adquirido en forma permanente aquel aspecto agrietado y grisáceo que Luisa había sorprendido en mí durante el instante fugaz de un orgasmo. Podía escarbar con los dedos en los profundos surcos de mi cara, que tenía una consistencia de cartón y que parecía tender a hacerse aún más dura, como pie­dra. El cuerpo se me había vuelto gris, y toda mi vellosidad de brazos y piernas y pecho se estaba vol­viendo blanca; también noté que nacía un vello nue­vo, blancuzco, en todas las partes que antes carecían de él, como la cabeza, la espalda y el revés de brazos y piernas. Fui adquiriendo el aspecto de esos pena­chos que veía crecer en el campo, al borde de los ca­minos.
Mi actividad mental también era distinta; había vuelto en cierto modo a la inconsciencia primitiva, como antes de la llegada del extranjero; pero ya no me sentía en ningún momento integrado a las cosas, no gozaba de las frutas ni de la puesta de sol, la que, por otra parte, ya no trataba de mirar; y aunque no pensaba mayormente, tenía, en fugaces visiones, una clara noción de lo que debía hacer; y lo hacía, sin pre­guntarme nada.

Una tarde anduve por el bosque, cuando ya había adquirido la suficiente confianza en las chicas como para dejarlas cuidando la cabaña, y al regresar, ya anochecido, encontré una escena terrorífica. Mabel yacía inerte en el suelo, y Luisa se debatía, no supe si gozosa o desesperada, en los brazos de un ser mons­truoso que la cubría sobre la cama. La luz del farol me mostró un cuerpo con reminiscencias humanas. Enormes manos negras atenazaban las muñecas de Luisa, y similares manos sujetaban sus tobillos, soste­niéndole las piernas separadas. Los brazos y piernas del monstruo no estaban en relación a esas manos; eran más delgados, y los brazos se espesaban a la altu­ra de lo que podrían ser los hombros o la cabeza, no bien delimitados por un cuello. Luego los hombros se estrechaban y en lugar de espalda había como un bra­zo más, aunque bastante grueso, que luego se ramifi­caba en las dos piernas. A la altura del vientre de Lui­sa, y coincidiendo con el punto de ramificación, había un enorme abultamiento esférico. Sobre las blancas sábanas podían verse muchas mosquitas muer­tas. Luisa revolvía la cabeza y me miraba con unos ojos que no sé si lograban verme, unos ojos espanta­dos, muy abiertos, y al mismo tiempo mostraba en su boca la curva de placer que me era tan conocida. Me dediqué a atender a Mabel; comprobé que respiraba, y traté de hacerla reaccionar con agua y dándole gol­pecitos en las mejillas; no lo conseguí, y la dejé en su sitio.
El ser, y creo que esto era lo más impresionante, no guardaba una forma permanente, sino que pare­cía bullir, engrosar unas partes y adelgazar otras, y por momentos llegaba a faltarle un trozo de un brazo o de una pierna, sin que por ello la mano co­rrespondiente dejara de atenazar, y luego volvía a recomponerse. Por fin, unas sacudidas de los cuer­pos, y Luisa cerró los ojos y suspiró. Luego, el mons­truo se fue desintegrando: sus manos superiores e inferiores se deshicieron en miles de mosquitas que vol­vían desordenadamente a las paredes y el techo; luego los brazos y piernas, y lo que podría ser el tronco, y finalmente el abultamiento central, que sin desinte­grarse se desprendió de Luisa y se elevó en el aire. Pude observar algo como un enorme sexo masculino que pendía de ese abultamiento, mucho más comple­jo que un miembro humano. Había en el extremo unos tentáculos, parecidos a los que había perdido la planta, y a la débil luz del farol creí advertir peque­ñísimas y perfectas manos en la punta de algunos de ellos, y otras raras formaciones. El conjunto adquirió una esfericidad casi perfecta, flotó largamente cerca del techo, y se fue desintegrando con cierto orden; las mosquitas retornaron a sus impasibles racimos en las paredes.
Mabel se reanimó, pero tanto ella como Luisa tar­daron mucho en recuperar el habla. Aunque yo esta­ba ansioso por conocer la historia, debí esperar más de una hora y, de todos modos, no me aclararon mu­cho. Sin que ninguna lo advirtiera, se había formado ese abultamiento con miembro, y de pronto Mabel sintió que algo le rozaba el vientre y bajó la vista y vio aquello y dio un grito; luego lo rechazó con las manos tocando algo que la asqueó, una suma de pequeños objetos blandos y movientes, y se quitó el cinturón de su vestido y empezó a azotar a la cosa. Luisa no pudo advertirle a tiempo que algo similar se aproxi­maba por detrás, y una masa de mosquitas la golpeó con la cabeza haciéndole perder el sentido. Entonces se fue integrando el ser tal como yo había logrado verlo, y se dirigió a Luisa, y la violó comportándose como lo habría hecho un humano. Luisa debió con­fesar, no sin vergüenza, que nunca antes había sentido tanto placer como en el momento del orgasmo del monstruo.


V

El proceso se fue acelerando. Yo sentía la cabeza cada vez más pesada y el cuerpo más débil. La vellosidad era ahora pareja y presentaba un aspecto curioso. Va­rios vellos se unían en un punto, como un manojo, y se habían hecho totalmente blancos y muy delga­dos. Me costaba moverme y hasta hablar; sentía espe­cialmente endurecidas las articulaciones de la mandí­bula.
Mis sueños se poblaron de imágenes eróticas muy intensas; eran en colores y todos transcurrían en la isla. Las temidas mujeres de la isla, cuya sola mención causaba pavor a cualquier habitante de la Costa, y a quienes se debía esa constante vigilancia de pequeños contingentes como el que había dado muerte al extranjero rubio (y a ellas se debían, según la leyenda, la enfermedad que hacía infecundas a nuestras muje­res y la escasez de varones, que raptaban recién nacidos en aquellas invasiones periódicas), estas mujeres, en mis sueños, eran buenas y hermosas, estaban des­nudas y eran maduras y excitantes.
Al despertar bruscamente una madrugada, tal vez por un ruido que no llegué a oír en forma consciente, y aún dominado por la tensión erótica de uno de estos sueños y con los ojos llenos de estas imágenes coloridas que se desintegraban lentamente, como hu­mo, logré percibir una escena grotesca: Mabel se había levantado y, en una posición ridícula, hacía el amor con la planta; para ser más exacto, se mastur­baba con la planta, de aspecto y consistencia decidi­damente fálicos al perder sus apéndices. El efecto que debió ser, tal vez, cómico, o, en todo caso, muy incó­modo para mí, se transformó en otro más terrible, porque los ojos y la expresión de la cara mostraban que la muchacha estaba viviendo una experiencia extraordinaria, más allá de todo goce o sufrimiento; la expresión era mística y preferí no seguir mirando y traté de dormir.

Mabel vino jadeante y traía noticias graves: las mos­quitas habían atacado a las chicas del caserón, y ahora vendrían todos a destruir la cabaña, la planta y las mosquitas, y tal vez también a nosotros si oponíamos resistencia: hablaban de kerosén y de teas.
Luisa tenía el vientre abultado y se quejaba de náu­seas; de todos modos, mi debilidad era extrema, y le di la pala y la obligué a cavar alrededor de la planta. Instruí a Mabel para que reuniera ciertas cosas ele­mentales y las acomodara en el carrito. Pusimos la planta en una lata grande, y ésta encima de la carreti­lla. Yo, armado con el pico, abrí la marcha. Detrás venían Luisa y Mabel, empujando respectivamente la carretilla y el carrito.
—Vamos con Inés —le dije a Luisa. Ella se sorpren­dió. En todo ese tiempo no habíamos hablado de Inés y pensaba que yo la había olvidado. Pero ése era el momento que yo estaba esperando, y Luisa supo, por mi voz y por la gravedad de las circunstancias, que no había nada que hacer. Indicó que era preciso cruzar el bosque y trasponer un alambrado, del otro lado del camino; y allá donde terminaba la franja de campo y comenzaban las grutas próximas al mar, estaba Inés, en una de las grutas.
En el camino la planta separó, a la luz del sol, aque­llas dos hojas iniciales que se habían cerrado para for­mar la esfera, y formaron ahora una flor enorme, de pétalos gruesos y carnosos, cuya parte interior tenía un colorido indescriptible, y exhalaba un perfume in­tenso y turbador. Estas emanaciones me embriagaban, traté de mantenerme alejado de la carretilla que lleva­ba Luisa; pero de tanto en tanto no podía evitar detenerme a contemplar la belleza del colorido y respirar un instante la fragancia. Curiosamente, este mismo perfume despertaba en Luisa un asco profundo, y más de una vez se detuvo a vomitar. Luego optó por tapar­se la nariz con una especie de venda, pero decía que de todos modos el perfume le penetraba por la gar­ganta y volvía a vomitar. Luego Mabel también se descompuso, y notamos que su vientre comenzaba a abul­tar como el de Luisa.
A mi alrededor flotaban graciosas plumillas que miré con simpatía, algo como las semillas de cardo que co­nocíamos por el nombre familiar de “panaderos”. De a ratos soplaba una brisa que las dispersaba, pero lue­go volvían a rodearme otras. Las muchachas descu­brieron que se trataba de mi propio cuerpo. Tironeé de un manojito de vello del pecho y noté que se des­prendía sin ningún dolor, y quedaba entre mis dedos; los vellos se unían en un núcleo, que no era otra cosa que un pedacito de mí mismo. Y al soltarlo se abrían los vellos en abanico esférico y la semilla flotaba en el aire. En el lugar correspondiente del pecho quedó un pequeño hueco, y vi que había varios, algunos unidos entre sí formando lamparones grises. Y al tocar con los dedos uno de estos lamparones en la pierna, noté que también estaba formado por vello qué se despren­día fácilmente. Mi cuerpo todo se desintegraba.

Inés se había hecho un nido con plumas, pajas, trozos de género y otras cosas blandas, y estaba reclinada, sonriente, esperando con ansia el término de sus me­ses de encierro. Extrajo por unos instantes el huevo rojo que guardaba en su cuerpo y lo exhibió con orgu­llo, pero no nos permitió acercarnos.
—Está vivo —dijo, con felicidad entusiasta y conta­giosa—. Se mueve, golpea las paredes.
Desempacamos nuestras cosas. Mi principal preocupación era la planta. En aquel paraje no había tierra, sino roca; y fuera de las grutas, cerca del mar, arena. Temía que la arena no sirviera, y al mismo tiempo comprendía la necesidad de sol que tenía la flor re­cién abierta. Le dije a Luisa que me siguiera con la ca­rretilla, y estuvimos dando vueltas largamente por la zona antes de decidirme. Por fin encontré un lugar que me pareció adecuado, oculto entre varias rocas, arenoso y muy iluminado por el sol. Luisa tuvo que aceptar la idea de cavar otra vez, y encontró ahora la tarea más fácil porque la arena era blanda.
Una vez en su sitio definitivo, me quedé fascinado en su contemplación. Las tonalidades rojas y violetas del interior, con vetas negras y blancas, y un zigzaguear verde, y vetas amarillas, azules, y todo eso mez­clado con el perfume, hacía que las sienes me la­tieran locamente, y por fin no pude resistir; le dije a Luisa que se fuera, y cuando la vi lejos con la carretilla me aproximé a la flor, la respiré hasta IIenar los pulmones, y me dejé acudir a su llamado. No nece­sité quitarme las ropas porque hacía tiempo que no usaba: mi cuerpo insensible a la temperatura y nues­tra forma de convivencia la habían hecho innecesaria. La flor pareció inclinarse, volverse hacia mí cuando mi sexo buscaba introducirse en su profunda gargan­ta, y los pétalos se cerraron dulcemente y allá adentro había un centenar de pequeñas lenguas que me acari­ciaban hasta volverme loco. Me tendí en la arena y la planta se dobló amablemente. Cerré los ojos y entré en una especie de sopor delirante, y las lenguas se lle­vaban continuamente mi vida hacia sus entrañas.


VI

A la gruta regresó un ser que poco se me parecía, no sé cuánto tiempo después. Asusté a las chicas. Me sos­tenía la cabeza con las manos, porque ya el peso de la piedra era intolerable; y del cuerpo quedaba muy poco. Apenas si podía hablar, los dientes apretados.
Luisa y Mabel yacían boca arriba, con el vientre y los pechos inflados de manera increíble. Sólo Inés se mantenía igual a sí misma. Yo había regresado con una sola idea, fija, obsesiva. Me dirigí a Luisa:
—El ter-cer hue-vo ro-jo —articulé, y la voz me brotaba desde adentro, ronca y apenas audible.
—Quedó allá, en el caserón —dijo, y sentí que la ra­bia me bullía.
—¿Dón-de? —pregunté, y me dijo que lo había es­condido en una lata, en la parte más alta del armario de la cocina, fuera del alcance de todo el mundo. Comencé a tambalearme, a salir de la gruta.
—— ¡Jorg! —gritó Mabel—. ¡No seas loco, no vayas allá!
Las tres se unieron en un grito lastimero; yo conti­nué mi camino, sin poder explicar nada, ni siquiera que no podía morir, que nada podía hacerme daño, que jamás podría tener descanso mientras no com­pletara mi obra.

Al pasar por donde había estado la cabaña, la encon­tré en ruinas, aún humeantes. Llegué al caserón. Sólo estaba Virginia, la menor de nosotros. Tenía diez años. Al verme dio un grito de terror; no me había recono­cido. Me fue muy difícil tratar de ser dulce, pero al fin logré convencerla de que era yo, y más aún, de que debía ayudarme.
Se trepó a una silla y rescató la cajita de lata; la destapó y me mostró que efectivamente, el huevo rojo se encontraba allí. Yo no podía usar las manos. si dejaba de sostenerme la cabeza, ésta caería sobre el pecho o, incluso, se despegaría del cuerpo. Le expli­qué trabajosamente cómo llegar a la gruta, y le pedí que ocultara el huevo entre sus ropas, que lo cuidara mucho y que no hablara con nadie del asunto.
—Ahí vienen —dijo Virginia.
—Pron-to —dije— por la puer-ta del fon-do a la gru-ta ya.
— ¿Y tú?
—No hay tiem-po, va-mos.
Me contempló un instante más, con lágrimas en los ojos, y venciendo toda su repugnancia acercó los pe­queños labios a los míos y depositó un tierno y húme­do beso en la piedra reseca. Luego salió corriendo a cumplir su misión; era una niña pequeña, había com­prendido todo.
Yo me tambaleé hasta la puerta de entrada, y allí esperé a mis compañeros.

No me reconocieron, ni intenté hacer nada en ese sen­tido. Se aterraron ante mi presencia y huyeron en todas direcciones, luego regresaron, lentamente, trayendo picos y palos. Alberto me pegó en el hombro con un palo, y un montón de semillas se elevó y la brisa las esparció alegremente. Me pegaron en la cabeza y el palo se rompió. No pude reírme, pero algo escapó de mi garganta. Luego se me tiraron todos encima, gol­peando incluso con las partes metálicas de sus implementos, y pronto quedó un esqueleto con algunos órganos más o menos petrificados y una nube de panaderos que se elevaba y se dispersaba en el aire. La cabeza había rodado varios metros.
Los muchachos se fueron a vivir con los adultos y no regresaron al caserón. Pasaron muchos días antes de que alguien se acercara a mi cabeza. Yo mantenía los ojos abiertos y no pensaba en nada; de vez en cuando se agitaba alguna idea, como una chispita que recorriera un cable en el cerebro, pero pronto moría. Tampoco sentía aburrimiento.

Se aproximó una figura extraña, parecía una enorme mujer recién nacida. Caminaba con dificultad, y era esbelta como yo había soñado a las mujeres de la isla: Pero su cuerpo era negro, de un negro reluciente, casi metálico, formado por infinidad de globitos. Se detu­vo a pocos pasos de mi cabeza y la contempló.
—Jorg —dijo. Yo no podía hablar. Se acercó a mi cabeza a intentó agacharse; alcancé a ver una mano de seis dedos. Cayó al suelo, y le dio gran trabajo coordinar los movimientos para enderezarse otra vez. Luego, con mayor soltura, consiguió ponerse en cucli­Ilas y acariciar mi cabeza. Noté que había corregido la mano: ahora tenía cinco dedos.
—Jorg, Jorg —volvió a decir, y su voz era cálida y no provenía de cuerdas vocales. Entonces, si hubiese tenido aún el corazón, me habría dado un salto; pero el efecto fue el mismo. Reconocí a la mujer. Eran las hormigas, que de algún modo habían logrado una gran perfección en su nueva colonia de forma huma­na. Y esta mujer tenía también un vientre abultado. De mis ojos, que aún no eran de piedra, brotaron algunas lágrimas difíciles.


VII

Mucho después vino el viejo F. Traía una carretilla, y allí juntó mis huesos y mi cabeza y los llevó a la pla­ya. Cavó un pozo, próximo a los lugares donde yacían los trozos del extranjero rubio, y allí enterró el esqueleto. Luego se puso en cuclillas y me miró a los ojos, como interrogándome.
—Estoy vivo, viejo —quise decirle—. No me entie­rres la cabeza, estoy vivo —pero no podía mover los ojos, y tampoco podía hacerme entender por medio de lágrimas ni de ninguna otra manera. El viejo, en cambio, dejó caer gruesos lagrimones, mientras me­neaba la cabeza con amargura.
— ¡Viejo, hijo de puta, estoy vivo, no vayas a ente­rrarme! —quería gritar, pero el viejo terminó de cavar el otro pozo y depositó allí la cabeza de piedra con mucho cuidado, y tapó todo con arena.

Dejé caer los párpados, que ya no podría volver a le­vantar. De todos modos, no era necesario.
Con el correr del tiempo fue naciendo en mí la conciencia de la luz del sol y del aire y de los colores y de todas las cosas que siempre amé. Muchas semillas habían encontrado terreno fértil, nuevas formas de mí estaban naciendo en todas partes. En el campo, en el bosque, en la isla; en la arena y en la tierra, y más allá del río y más lejos y más ancho, más ancho y más dimensionado, más profundo. Olvidaré esta cabeza de piedra enterrada en la arena porque empie­zo a nacer, dulce y alegremente, a la verdadera vida.

1984


El gran Mario Levrero.