
Para los de Ñ que lo miran por tevé.
Cuento de Mario Levrero, extraído de Espacios Libres.
Capítulo XXX
El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes
Llegó nadando desde la isla, solo, dio unos pasos sobre la arena y cayó. No había en él nada que pudiera inspirarme terror; por el contrario, en esa hazaña que yo creía imposible, una forma de llegar que no coincidía en absoluto con las leyendas que se contaban de invasiones terribles en naves impresionantes, había algo heroico y al mismo tiempo triste, algo que me hizo sentir una instantánea simpatía por el extranjero rubio.
Yo estaba sentado en las rocas, esperando la puesta del sol. Sabía lo que habría de suceder luego; por eso corrí hasta el cuerpo tendido y traté de apresurarme. Tenía los ojos abiertos, la mejilla derecha pegada a la arena, y jadeaba en el límite del cansancio; estaba desnudo, sólo tenía un cinturón de cuero, y advertí de inmediato la bolsita prendida al cinturón. El ojo, azul, lejano, que me miraba, no mostraba terror.
Traté de levantarlo, pero nunca tuve mucha fuerza y él no parecía poder hacer nada por ayudarme. Era como un cuerpo muerto. Luego lo tomé de los brazos y comencé a arrastrarlo por la arena. Cabía una posibilidad de que no hubiera sido visto; pero pronto se oyeron los gritos en el bosque, y supe que todo era inútil.
Tuve un impulso raro: saqué mi navaja del bolsillo y corté los hilos que ataban la bolsita opaca al cinturón negro; la guardé en el bolsillo, junto con la navaja, y me despedí mentalmente del extranjero.
Regresé a las rocas. No era una forma de esconderme, pues me podían ver; sabía, de todos modos, que a mí no habrían de hacerme daño. Simplemente no quería ser cómplice de lo que iba a suceder, aunque ya no sentía por anticipado los remordimientos inevitables.
La luz extraña que sobreviene a la puesta del sol me mostró un cuerpo mutilado, trozado en siete pedazos, y una sangre entre violeta y negra que la arena absorbía rápidamente. Los adultos cavaron en la arena siete pozos distantes entre sí, y el cuerpo del extranjero fue enterrado, los miembros por aquí, la cabeza por allá, las partes del tronco, los pies, las manos. No quería mirar pero no pude evitarlo. La náusea jugó un rato en el estómago y luego vomité entre las rocas. Después, los adultos se retiraron, a través del bosque, y yo quedé solo en la playa, lleno de asco y de odio, y la playa no era ya la misma, era fría y hostil, y cuando aparecieron las estrellas también me parecían amenazadoras y frías.
Llegué a la cabaña muy entrada la noche, y a la luz del farol enterré la bolsita de nailon opaco en el suelo de tierra cerca de un rincón. Pensé que Luisa dormía, pero su voz un poco quebrada y ronca por el sueño me llegó desde la cama grande. Me sobresalté.
—¿Qué estás enterrando? —preguntó.
—Huevos —respondí—. Tres huevos rojos.
Mi forma de contestar eliminaba la posibilidad de nuevas preguntas, especialmente por el tono en que lo dije. De inmediato lamenté mi sinceridad, pero luego comprendí que daba lo mismo; tarde o temprano habría de averiguarlo; el error fue no haber tornado mayores precauciones.
Me acosté, y Luisa dejó a un lado su muñeca favorita y se enroscó en torno de mi cuerpo.
I
Durante algunas semanas las cosas siguieron su curso aparentemente normal. Yo sabia que ya no era lo mismo, pero no imaginaba qué sucedería ni cuándo. En lo que me es particular, estuve evadiendo tanto los hechos como mis propios pensamientos. Me habría gustado poder olvidar lo visto en la playa, pero la escena volvía una y otra vez a mi memoria. Sentía recrudecer el odio contra los adultos, a incluso llegué a interrumpir deliberadamente mis charlas con uno de ellos, el más aceptable, a quien llamábamos el viejo F.
También hacia lo posible por mantenerme apartado de mis compañeros, pero no siempre lo conseguía y muchas veces los necesitaba.
Después de un tiempo no pude menos que advertir algunas cosas y comenzar a relacionarlas entre sí, aunque no quise hallar la clave de inmediato. Hubo dos hechos evidentes y un tercero más subjetivo pero no menos real. El primero fue la desaparición de Inés, que se comentó brevemente entre los muchachos; no es que todos no quisiéramos a Inés y de alguna manera nos preocupara el asunto a todos por igual; pero a ellos ningún problema les duraba, y cuando no encontraban una solución inmediata lo dejaban a un lado; al cabo de unos cuantos días, para ellos era como si Inés jamás hubiera existido. Luisa, en cambio, se notaba preocupada y como temerosa; y comencé a notar que se ausentaba y volvía sin dar explicaciones.
El segundo hecho fue el nacimiento de una plantita en la cabaña. Descubrí un tímido brote, exactamente sobre el lugar donde había enterrado la bolsita opaca. Se adivinaban un par de hojitas de un verde muy oscuro. El corazón me latió con fuerza y, sin saber por qué, me sentí invadido por una extraña y desconocida alegría.
El tercer hecho, que he Ilamado subjetivo, se fue manifestando con mucha lentitud pero, una vez constatado, se hizo firme a irreversible: descubrí que recordaba, o sabía, o creía recordar o saber una cantidad de cosas que nunca antes había sabido y que nadie me había enseñado. Lo sentía como una forma de comprensión que no puedo explicar: una relación distinta con el mundo de las hormigas y de los árboles, incluso una comprensión —que no excluía por ello el odio— del mundo de los adultos.
Algunas preguntas que vivían en mí informuladas surgieron naturalmente, y también sus respuestas; otras no quise indagarlas, prefería dejarlas imprecisas, sin que afloraran; pero de todos modos, sabía que habrían de surgir en su momento, que dentro de mí estaba creciendo algo fuera de mi voluntad y que no podría detenerlo; sólo podía, tal vez, demorar la conciencia de este crecimiento, y hasta cierto punto. Por eso necesitaba alcohol, o volver a la promiscuidad del caserón, o jugar a las barajas con los muchachos.
El fin de esta etapa estuvo marcado por mi visita al viejo F. Fue cuando las dos hojitas de la planta se habían unido en el extremo superior, formando como una esfera un tanto achatada, sobre la cual podía verse una circunferencia de pequeños puntos que brotaban, parecidos a verrugas. Quería ver al viejo F para hacerle algunas preguntas, no sólo acerca de estas cosas sino también de mí mismo. El viejo había vivido lo suficiente como para por lo menos haber observado una serie de hechos; pero me constaba que, además, también sabía pensar. O tal vez quería verlo para que simplemente me confirmara en mi actitud. Pero no pude decirle nada.
Se mostró sorprendido al verme llegar, como quejándose de mi prolongada ausencia. Tenía un cigarrillo apagado en los labios, a un costado de la boca, y después de haberlo visto tantas veces lo noté, recién ahora, extraordinariamente parecido a mí: la cabeza calva, las arrugas, los ojos, pero no tanto los rasgos particulares sino el aspecto viejo, esa manera especial de ser viejo; él no se parecía a los otros adultos y viejos que yo conocía, ni yo me parecía a los jóvenes de mi edad; (yo tenía, por esa época, unos quince años).
Fue una conversación muda, un dejarse estar, fumando y tomando mate, a veces con miradas fugaces, de reojo, de uno y de otro. Finalmente, cuando ya el mate hacía rato que había dejado de circular, y ya era noche cerrada, dijo “bueno”, como habiendo cumplido sobradamente una parte prologal, casi cumplimentaria, y ahora fuese necesario tocar el tema.
—Bueno —repitió— ¿Qué pasa?
Me miró con gran ternura. Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—No sé —respondí, mordiéndome los labios—. No sé.
Sentía una resistencia íntima, una íntima prohibición de hablar de todo aquello, del extranjero, de la bolsita, de Inés, de la planta, de Luisa y de mi proceso; y sentía agolparse las preguntas sobre mi origen incierto, sobre la isla y sus mujeres, sobre el mal que nos aquejaba a todos, y al fin rompí a llorar, como un niño, lleno de rabia y de vergüenza. Apreté los puños, pero seguí llorando.
El viejo dejó transcurrir la escena en silencio. Se levantó de su banco y desganada a innecesariamente se puso a encender el calentador a kerosén, y luego me habló, de espaldas a mí, como tratando un tema general sin importancia.
—Ya nada será igual, muchacho —y después de una pausa importante, agregó—: al menos para ti.
Eso bastaba. Le estreché la mano en silencio. El camino bajo las estrellas lo hice lento y pensativo.
II
Las puntitas como verrugas crecieron y se transformaron en una docena de tentáculos o cabellos gruesos. La planta alcanzó unos treinta centímetros de altura, y el tallo tenía un color violáceo y la esfera y sus tentáculos un violeta más rojizo. Estos apéndices, doblados por su propio peso, describían una suave curva y caían hasta la mitad de la altura del tallo. Después, comenzó la extraña relación con las mosquitas.
Siempre había visto con cierta simpatía un tipo de mosquita que era distinto de otras variedades; a éstas jamás se las veía revoloteando o posándose sobre la gente o la comida; simplemente se quedaban quietas, sobre una pared o un trapo colgado, preferentemente en zonas húmedas. Las alas eran redondeadas, más anchas y muy separadas en el extremo posterior, y casi unidas, más rectas, en el nacimiento junto a la cabecita. Parecían mustias mariposas diminutas, de alas grises permanentemente desplegadas.
Estas mosquitas comenzaron a multiplicarse en la cabaña, y se concentraban en el rincón donde estaba la planta; luego noté que entraban y salían de pequeños orificios en los apéndices. Si no hubiese existido en mí ese respeto por su relación evidente con los huevos rojos enterrados, habría cedido a la tentación de seccionar la planta para saber qué buscaban allí las mosquitas y hasta dónde llegaban en esos conductos.
Paralelamente a estos procesos, Luisa había desaparecido un tiempo largo; parte de este tiempo, lo supe, lo empleó ella también en la promiscuidad del caserón. No me molestó que lo hiciera. Cuando volvió no le hice preguntas ni reproches, y la acepté con naturalidad; en cambio, llegué a enfurecerme cuando la vi una tarde, ocupada en espantar o tratar de matar mosquitas con un trapo. Ella se ofendió y, en venganza, volvió al caserón; pero un par de días más tarde estaba de vuelta en la cabaña.
Cuando los apéndices, que seguían creciendo, llegaron a tocar el suelo, aparecieron las hormigas. Eran un poquito más grandes que las que habitualmente me dedicaba a observar, pero parecían pertenecer a la misma especie; tienen la cabeza pequeña con dos antenas y mandíbulas apreciables a simple vista; ,el cuerpo se compone de dos segmentos, unidos por una estrecha cintura. Me gustaba verlas caminar por su movimiento cimbreante, de gran elegancia. Estas hormigas habían abierto una boca de hormiguero dentro de la cabaña, en el rincón, y se plegaron a las mosquitas en esa curiosa actividad de entrar y salir por los apéndices. Del hormiguero partía una hilera ordenada que entraba, luego salía por un apéndice distinto y regresaba también en forma ordenada.
En principio temía que destruyeran la planta, y estuve inquieto, observando, hasta descubrir que regresaban invariablemente sin nada, a diferencia de las otras hormigas que acostumbran trozar hojas y flores y las cargan hacia el hormiguero. También noté con alivio que la planta no se resentía en absoluto con esta actividad, y que seguía creciendo. Las hormigas y las mosquitas no se interferían; las primeras se contentaban con un apéndice de entrada y otro de salida, y no imagino qué sucedía cuando se encontraban dentro con las mosquitas que utilizaban los demás conductos. Nunca advertí señales de enfrentamiento.
Una tarde aparecieron algunos de los muchachos —Alberto, Eduardo, Mabel, Esther y no sé si algún otro— con botellas de alcohol, que habían conseguido donde los adultos. También traían trozos de carne asada. Estuvimos comiendo y bebiendo, y luego nos entró una cierta modorra. Yo me recosté en el suelo, la cabeza apoyada contra uno de los troncos horizontales de la pared de la cabaña, cerca de la planta; temía que los chicos, consciente o inconscientemente, le hicieran daño. Luisa, que continuaba sus relaciones un poco difíciles conmigo, se acostó con uno de ellos, no sé si Alberto o Eduardo, y Esther y el otro también se enlazaron, en el suelo, a un costado de la cama. Mabel comenzó a mirarme intensamente, sentada frente a mí contra la pared opuesta, pero yo estaba en una elaboración mental muy interesante acerca de la planta, de las hormigas, de las mosquitas y del extranjero, y en ese momento había logrado unir todo y sacar una conclusión inobjetable. Sentí necesidad de hablar inmediatamente con Luisa, pero ella seguía ocupada.
Dejé que mi mente siguiera trabajando en sus combinaciones, y entré en una somnolencia que, curiosamente, no interrumpía ni entorpecía mis pensamientos: simplemente me separaba de ellos, casi diría que podía observarlos, y perdían su formulación en palabras o en imágenes, y eran ahora un hermoso transcurrir, un dibujo de múltiples líneas fluyentes que se entrelazaban y entrecruzaban. Mabel, tal vez aguijoneada por mi apatía o simplemente por su propio deseo, comenzó a arrastrarse en mi dirección. Luego me estuvo acariciando el cuerpo, y por fin me desprendió el pantalón y comenzó a jugar con mi sexo. Yo noté, excitado, que se abría un nuevo conducto en mi mente. Era algo que nunca me había sucedido. Podía sentir y aún participar sensitivamente en las maniobras de la muchacha, y mi juego de pensamientos no se interrumpía, y al mismo tiempo podía observar las dos cosas desde un tercer punto mental. A Mabel probablemente le enfureciera mi actitud pasiva, y la furia la sobreexcitaba y la llevaba a multiplicar sus manifestaciones eróticas. Por mi parte, cada vez que advenía el orgasmo me inundaba una felicidad desconocida, algo que tenía más que ver con los procesos mentales que con lo estrictamente sexual: una liberación, un perfeccionamiento o una purificación de eras ideas no expresadas.
Después me entró el pánico. Me asusté de mí mismo, sentí que estaba loco o a punto de enloquecer en un estado donde no había pautas ni referencias habituales; entonces me vi obligado a actuar, a deshacer de alguna manera aquel estado de felicidad que me producía miedo. Salí de mi cómoda posición, me levanté, tomé a Mabel de los hombros y la sacudí con odio; luego la forcé a ponerse de rodillas y le introduje el sexo en la boca. Luisa se había sentado en la cama, los demás dormían, y ella me contó más tarde, muy asustada, que me vio aferrado a los cabellos de Mabel, quien lloraba de dolor y de rabia, y que en el momento del orgasmo mi cara y todo mi cuerpo se habían vuelto, por unos instantes, color ceniza; que yo parecía tan viejo que ya no había edad que se me pudiera adjudicar, viejo como un cadáver embalsamado, las arrugas del rostro pronunciadas hasta tal punto que parecía una pieza de cerámica agrietada. Yo no conservo memoria de esos instantes; sólo recuerdo que salí de allí de inmediato y me fui a dormir al bosque.
III
Había perdido la playa y las puestas de sol. El cadáver trozado del extranjero rubio había envenenado para siempre mi único momento feliz, pleno, esos atardeceres silenciosos y rojos. Las veces que había regresado a las rocas me había sentido nervioso y desajustado del paisaje, mi relación con las cosas que veía y sentía era angustiada o distraída: como si me imitara a mí mismo, un hombrecito sentado en las rocas gozando de la puesta de sol. Y por eso dejé de ir, aunque algo que había en la playa me Ilamaba, sin que yo supiera qué. Al mismo tiempo, cada vez me costaba más salir de la cabaña: me había obsesionado con la idea de que alguien pudiera dañar la planta o los insectos, y había asumido un papel de guardián que, en verdad, sólo me quitaba independencia o me llenaba de fastidio. Más de una vez pensé en mí mismo como en un triste adulto, de ésos que pasan la vida acumulando cosas en previsión de un invierno que raras veces llega. Por algún motivo, Luisa seguía a mi lado; continuaba sus metódicas excursiones y su ensimismamiento, llegaba a exasperarme con su prolijidad y complejidad en el juego de muñecas, las que vestía y desvestía, peinaba y despeinaba, y hasta hablaba con ellas y simulaba invitarlas a tomar el té.
El pequeño mundo que se movía en torno a la planta crecía visiblemente; la planta, más vigorosa y maciza que nunca, me llegaba ya a la altura del ombligo, y los apéndices; ahora más gruesos y parecidos a trompas de elefante, habían crecido proporcionalmente y siempre sus bocas reposaban sobre la tierra. El tono violáceo había adquirido matices verdosos y rojos. La actividad de las hormigas era febril: conté hasta ocho columnas muy nutridas de obreras que iban y venían. Habían abierto nuevas bocas de hormiguero cerca de la planta. Las mosquitas formaban pequeñas colonias, como racimos; al parecer habían abandonado esa soledad que las distinguía y las hacía tan simpáticas, y se integraban a oscuros manchones que decoraban las paredes y el techo alrededor de la planta, y entraban y salían de los apéndices no ya de a una sino en grupos.
Sintiendo que las cosas habían llegado a algún punto de maduración que sólo podía intuir, y como si recibiera una orden de mí mismo que debía aceptar sin discusión, me resolví a poner en claro algunas cosas, comenzando por ajustarle las tuercas a Luisa. Cuando volvió de una de sus misteriosas excursiones la tomé de las manos y la miré a los ojos.
—¿Dónde está Inés? —pregunté con firmeza.
Ella intentó hacerse la desentendida, pero había desviado la vista y supe que no me equivocaba. Intenté varias veces hacerla hablar por las buenas, pero luego perdí la paciencia y le retorcí un brazo. Ella tuvo que girar el cuerpo y fue cayendo de rodillas, de espaldas a mí, gritando y quejándose de que le dolía y le estaba quebrando el brazo. Yo me mantuve firme. Y cuando había logrado arrancarle la promesa de revelarme todo y estaba a punto de soltarla, llegaron los demás y se quedaron mudos ante la escena.
Luisa aprovechó mi confusión para liberarse y colocarse de un salto fuera de mi alcance. Los ojos le brillaban, por las lágrimas y la furia, y señalándome con un índice les gritó a los demás: — ¡Jorg está loco! —y desviando el índice hacia el rincón—: ¡Por culpa de esa planta!
Los otros nunca habían reparado en la planta, o si lo habían hecho no le habían dado importancia. Ahora la miraron con curiosidad. Recuerdo las caras de Esteban y Lucía, de Alberto y de Silvia, que mostraban asombro y repugnancia. Nunca habíamos visto una planta parecida, y la verdad es que su aspecto no era agradable, lo mismo que el misterioso a intenso movimiento vital a su alrededor.
—No digas más nada —advertí a Luisa, mirándola duramente. Comprendí que era imposible hacerla callar, y apenas abrió la boca le tiré un golpe de puño que alcanzó a tapar las primeras palabras; le partió un labio y empezó a sangrar en forma abundante. Los demás se dividieron en dos grupos: uno, formado por muchachas, corrió a auxiliar a Luisa que lloraba y gritaba; el otro, casi todos varones, se acercó a mí y a la planta; yo me interpuse entre la planta y ellos.
—Jorg —dijo Alberto—. Jorg.
—Al diablo —les dije—. Váyanse de aquí.
—Jorg, no hables como un adulto. ¿Qué pasa?
—Nada que les interese. Váyanse. La cabaña es mía. Luisa es mía. La planta es mía. No tienen nada que hacer acá. Fuera.
Dudaron unos instantes y me pareció que se ponían tácitamente de acuerdo para la violencia; pero yo estaba preparado. Cuando Eduardo se aproximó a la planta, yo ya tenía interpuesta una silla, agarrada por el respaldo con la mano izquierda, y en la derecha una de las botellas vacías que habían quedado. Rompí la botella contra la pared de troncos y exhibí los filos de vidrio en forma amenazante. Eduardo retrocedió.
—Se van a ir —les dije, y comencé a hacer girar el fragmento de botella muy cerca de sus ojos. Todos retrocedieron hacia la puerta. Las muchachas también. Y comenzaron a irse; todos menos Mabel, quien no había participado en nada y estaba sentada en el suelo, en un rincón, un poco oculta por la cama—. Luisa se queda —agregué, tomándola de un brazo. Esther y Alberto intentaban Ilevársela, todavía sangrando del labio y llorando, pero la amenaza de la botella hizo que la soltaran. al fin se fueron todos y cerré la puerta, trancando por dentro con un oxidado pasador que nunca habíamos usado y que me costó mover.
IV
Mi transformación física coincidió con la nueva relación, entre las muchachas y yo; por algún motivo difícil de imaginar, Mabel se había quedado en la cabaña y trabajó en Luisa para hacerle olvidar la mala impresión de mis golpes y lograr que se integrase a ese raro mundo formado por ella y por mí, por la planta y los insectos. Mabel se volvió una aliada imprescindible; actuaba de espía en el caserón, tranquilizándome de tanto en tanto con noticias; también hizo unos cuantos viajes hasta el lugar de los adultos, y trajo algunos elementos que había decidido acumular: un pico, una pala, un par de carretillas, comida envasada, algunos encendedores de fuego y varias cosas más. Luisa insistía en sus excursiones: el primer día lo pasé muy nervioso pensando que quizás no volvería; pero volvió, y la dejé en paz mientras continuaba con mi plan de defensa y acumulación. Pero la mayor parte del tiempo la pasábamos en juegos eróticos alcanzando, en las variantes entre los tres, extremos nunca imaginados par mí anteriormente; y yo me sentía cada vez más ajeno y dividido. Curiosamente, era Mabel quien impulsaba estos juegos.
La planta perdía sus apéndices, y las hormigas y mosquitas cesaban su actividad y entraban en un período de aparente reposo. Las mosquitas formaban ya unos racimos abultadísimos, como núcleos enormes, de los cuales se desprendían varias ramas, también integradas por mosquitas, que se unían a otros núcleos, y prácticamente ocupaban así todas las paredes y el techo de la cabaña. Las hormigas se habían sumido en el hormiguero, aunque de vez en cuando se veía alguna dando vueltas en torno a las bocas, o aisladamente, explorando distintos lugares.
Al cabo de unas semanas de este tipo de vida mi cuerpo había adquirido en forma permanente aquel aspecto agrietado y grisáceo que Luisa había sorprendido en mí durante el instante fugaz de un orgasmo. Podía escarbar con los dedos en los profundos surcos de mi cara, que tenía una consistencia de cartón y que parecía tender a hacerse aún más dura, como piedra. El cuerpo se me había vuelto gris, y toda mi vellosidad de brazos y piernas y pecho se estaba volviendo blanca; también noté que nacía un vello nuevo, blancuzco, en todas las partes que antes carecían de él, como la cabeza, la espalda y el revés de brazos y piernas. Fui adquiriendo el aspecto de esos penachos que veía crecer en el campo, al borde de los caminos.
Mi actividad mental también era distinta; había vuelto en cierto modo a la inconsciencia primitiva, como antes de la llegada del extranjero; pero ya no me sentía en ningún momento integrado a las cosas, no gozaba de las frutas ni de la puesta de sol, la que, por otra parte, ya no trataba de mirar; y aunque no pensaba mayormente, tenía, en fugaces visiones, una clara noción de lo que debía hacer; y lo hacía, sin preguntarme nada.
Una tarde anduve por el bosque, cuando ya había adquirido la suficiente confianza en las chicas como para dejarlas cuidando la cabaña, y al regresar, ya anochecido, encontré una escena terrorífica. Mabel yacía inerte en el suelo, y Luisa se debatía, no supe si gozosa o desesperada, en los brazos de un ser monstruoso que la cubría sobre la cama. La luz del farol me mostró un cuerpo con reminiscencias humanas. Enormes manos negras atenazaban las muñecas de Luisa, y similares manos sujetaban sus tobillos, sosteniéndole las piernas separadas. Los brazos y piernas del monstruo no estaban en relación a esas manos; eran más delgados, y los brazos se espesaban a la altura de lo que podrían ser los hombros o la cabeza, no bien delimitados por un cuello. Luego los hombros se estrechaban y en lugar de espalda había como un brazo más, aunque bastante grueso, que luego se ramificaba en las dos piernas. A la altura del vientre de Luisa, y coincidiendo con el punto de ramificación, había un enorme abultamiento esférico. Sobre las blancas sábanas podían verse muchas mosquitas muertas. Luisa revolvía la cabeza y me miraba con unos ojos que no sé si lograban verme, unos ojos espantados, muy abiertos, y al mismo tiempo mostraba en su boca la curva de placer que me era tan conocida. Me dediqué a atender a Mabel; comprobé que respiraba, y traté de hacerla reaccionar con agua y dándole golpecitos en las mejillas; no lo conseguí, y la dejé en su sitio.
El ser, y creo que esto era lo más impresionante, no guardaba una forma permanente, sino que parecía bullir, engrosar unas partes y adelgazar otras, y por momentos llegaba a faltarle un trozo de un brazo o de una pierna, sin que por ello la mano correspondiente dejara de atenazar, y luego volvía a recomponerse. Por fin, unas sacudidas de los cuerpos, y Luisa cerró los ojos y suspiró. Luego, el monstruo se fue desintegrando: sus manos superiores e inferiores se deshicieron en miles de mosquitas que volvían desordenadamente a las paredes y el techo; luego los brazos y piernas, y lo que podría ser el tronco, y finalmente el abultamiento central, que sin desintegrarse se desprendió de Luisa y se elevó en el aire. Pude observar algo como un enorme sexo masculino que pendía de ese abultamiento, mucho más complejo que un miembro humano. Había en el extremo unos tentáculos, parecidos a los que había perdido la planta, y a la débil luz del farol creí advertir pequeñísimas y perfectas manos en la punta de algunos de ellos, y otras raras formaciones. El conjunto adquirió una esfericidad casi perfecta, flotó largamente cerca del techo, y se fue desintegrando con cierto orden; las mosquitas retornaron a sus impasibles racimos en las paredes.
Mabel se reanimó, pero tanto ella como Luisa tardaron mucho en recuperar el habla. Aunque yo estaba ansioso por conocer la historia, debí esperar más de una hora y, de todos modos, no me aclararon mucho. Sin que ninguna lo advirtiera, se había formado ese abultamiento con miembro, y de pronto Mabel sintió que algo le rozaba el vientre y bajó la vista y vio aquello y dio un grito; luego lo rechazó con las manos tocando algo que la asqueó, una suma de pequeños objetos blandos y movientes, y se quitó el cinturón de su vestido y empezó a azotar a la cosa. Luisa no pudo advertirle a tiempo que algo similar se aproximaba por detrás, y una masa de mosquitas la golpeó con la cabeza haciéndole perder el sentido. Entonces se fue integrando el ser tal como yo había logrado verlo, y se dirigió a Luisa, y la violó comportándose como lo habría hecho un humano. Luisa debió confesar, no sin vergüenza, que nunca antes había sentido tanto placer como en el momento del orgasmo del monstruo.
V
El proceso se fue acelerando. Yo sentía la cabeza cada vez más pesada y el cuerpo más débil. La vellosidad era ahora pareja y presentaba un aspecto curioso. Varios vellos se unían en un punto, como un manojo, y se habían hecho totalmente blancos y muy delgados. Me costaba moverme y hasta hablar; sentía especialmente endurecidas las articulaciones de la mandíbula.
Mis sueños se poblaron de imágenes eróticas muy intensas; eran en colores y todos transcurrían en la isla. Las temidas mujeres de la isla, cuya sola mención causaba pavor a cualquier habitante de la Costa, y a quienes se debía esa constante vigilancia de pequeños contingentes como el que había dado muerte al extranjero rubio (y a ellas se debían, según la leyenda, la enfermedad que hacía infecundas a nuestras mujeres y la escasez de varones, que raptaban recién nacidos en aquellas invasiones periódicas), estas mujeres, en mis sueños, eran buenas y hermosas, estaban desnudas y eran maduras y excitantes.
Al despertar bruscamente una madrugada, tal vez por un ruido que no llegué a oír en forma consciente, y aún dominado por la tensión erótica de uno de estos sueños y con los ojos llenos de estas imágenes coloridas que se desintegraban lentamente, como humo, logré percibir una escena grotesca: Mabel se había levantado y, en una posición ridícula, hacía el amor con la planta; para ser más exacto, se masturbaba con la planta, de aspecto y consistencia decididamente fálicos al perder sus apéndices. El efecto que debió ser, tal vez, cómico, o, en todo caso, muy incómodo para mí, se transformó en otro más terrible, porque los ojos y la expresión de la cara mostraban que la muchacha estaba viviendo una experiencia extraordinaria, más allá de todo goce o sufrimiento; la expresión era mística y preferí no seguir mirando y traté de dormir.
Mabel vino jadeante y traía noticias graves: las mosquitas habían atacado a las chicas del caserón, y ahora vendrían todos a destruir la cabaña, la planta y las mosquitas, y tal vez también a nosotros si oponíamos resistencia: hablaban de kerosén y de teas.
Luisa tenía el vientre abultado y se quejaba de náuseas; de todos modos, mi debilidad era extrema, y le di la pala y la obligué a cavar alrededor de la planta. Instruí a Mabel para que reuniera ciertas cosas elementales y las acomodara en el carrito. Pusimos la planta en una lata grande, y ésta encima de la carretilla. Yo, armado con el pico, abrí la marcha. Detrás venían Luisa y Mabel, empujando respectivamente la carretilla y el carrito.
—Vamos con Inés —le dije a Luisa. Ella se sorprendió. En todo ese tiempo no habíamos hablado de Inés y pensaba que yo la había olvidado. Pero ése era el momento que yo estaba esperando, y Luisa supo, por mi voz y por la gravedad de las circunstancias, que no había nada que hacer. Indicó que era preciso cruzar el bosque y trasponer un alambrado, del otro lado del camino; y allá donde terminaba la franja de campo y comenzaban las grutas próximas al mar, estaba Inés, en una de las grutas.
En el camino la planta separó, a la luz del sol, aquellas dos hojas iniciales que se habían cerrado para formar la esfera, y formaron ahora una flor enorme, de pétalos gruesos y carnosos, cuya parte interior tenía un colorido indescriptible, y exhalaba un perfume intenso y turbador. Estas emanaciones me embriagaban, traté de mantenerme alejado de la carretilla que llevaba Luisa; pero de tanto en tanto no podía evitar detenerme a contemplar la belleza del colorido y respirar un instante la fragancia. Curiosamente, este mismo perfume despertaba en Luisa un asco profundo, y más de una vez se detuvo a vomitar. Luego optó por taparse la nariz con una especie de venda, pero decía que de todos modos el perfume le penetraba por la garganta y volvía a vomitar. Luego Mabel también se descompuso, y notamos que su vientre comenzaba a abultar como el de Luisa.
A mi alrededor flotaban graciosas plumillas que miré con simpatía, algo como las semillas de cardo que conocíamos por el nombre familiar de “panaderos”. De a ratos soplaba una brisa que las dispersaba, pero luego volvían a rodearme otras. Las muchachas descubrieron que se trataba de mi propio cuerpo. Tironeé de un manojito de vello del pecho y noté que se desprendía sin ningún dolor, y quedaba entre mis dedos; los vellos se unían en un núcleo, que no era otra cosa que un pedacito de mí mismo. Y al soltarlo se abrían los vellos en abanico esférico y la semilla flotaba en el aire. En el lugar correspondiente del pecho quedó un pequeño hueco, y vi que había varios, algunos unidos entre sí formando lamparones grises. Y al tocar con los dedos uno de estos lamparones en la pierna, noté que también estaba formado por vello qué se desprendía fácilmente. Mi cuerpo todo se desintegraba.
Inés se había hecho un nido con plumas, pajas, trozos de género y otras cosas blandas, y estaba reclinada, sonriente, esperando con ansia el término de sus meses de encierro. Extrajo por unos instantes el huevo rojo que guardaba en su cuerpo y lo exhibió con orgullo, pero no nos permitió acercarnos.
—Está vivo —dijo, con felicidad entusiasta y contagiosa—. Se mueve, golpea las paredes.
Desempacamos nuestras cosas. Mi principal preocupación era la planta. En aquel paraje no había tierra, sino roca; y fuera de las grutas, cerca del mar, arena. Temía que la arena no sirviera, y al mismo tiempo comprendía la necesidad de sol que tenía la flor recién abierta. Le dije a Luisa que me siguiera con la carretilla, y estuvimos dando vueltas largamente por la zona antes de decidirme. Por fin encontré un lugar que me pareció adecuado, oculto entre varias rocas, arenoso y muy iluminado por el sol. Luisa tuvo que aceptar la idea de cavar otra vez, y encontró ahora la tarea más fácil porque la arena era blanda.
Una vez en su sitio definitivo, me quedé fascinado en su contemplación. Las tonalidades rojas y violetas del interior, con vetas negras y blancas, y un zigzaguear verde, y vetas amarillas, azules, y todo eso mezclado con el perfume, hacía que las sienes me latieran locamente, y por fin no pude resistir; le dije a Luisa que se fuera, y cuando la vi lejos con la carretilla me aproximé a la flor, la respiré hasta IIenar los pulmones, y me dejé acudir a su llamado. No necesité quitarme las ropas porque hacía tiempo que no usaba: mi cuerpo insensible a la temperatura y nuestra forma de convivencia la habían hecho innecesaria. La flor pareció inclinarse, volverse hacia mí cuando mi sexo buscaba introducirse en su profunda garganta, y los pétalos se cerraron dulcemente y allá adentro había un centenar de pequeñas lenguas que me acariciaban hasta volverme loco. Me tendí en la arena y la planta se dobló amablemente. Cerré los ojos y entré en una especie de sopor delirante, y las lenguas se llevaban continuamente mi vida hacia sus entrañas.
VI
A la gruta regresó un ser que poco se me parecía, no sé cuánto tiempo después. Asusté a las chicas. Me sostenía la cabeza con las manos, porque ya el peso de la piedra era intolerable; y del cuerpo quedaba muy poco. Apenas si podía hablar, los dientes apretados.
Luisa y Mabel yacían boca arriba, con el vientre y los pechos inflados de manera increíble. Sólo Inés se mantenía igual a sí misma. Yo había regresado con una sola idea, fija, obsesiva. Me dirigí a Luisa:
—El ter-cer hue-vo ro-jo —articulé, y la voz me brotaba desde adentro, ronca y apenas audible.
—Quedó allá, en el caserón —dijo, y sentí que la rabia me bullía.
—¿Dón-de? —pregunté, y me dijo que lo había escondido en una lata, en la parte más alta del armario de la cocina, fuera del alcance de todo el mundo. Comencé a tambalearme, a salir de la gruta.
—— ¡Jorg! —gritó Mabel—. ¡No seas loco, no vayas allá!
Las tres se unieron en un grito lastimero; yo continué mi camino, sin poder explicar nada, ni siquiera que no podía morir, que nada podía hacerme daño, que jamás podría tener descanso mientras no completara mi obra.
Al pasar por donde había estado la cabaña, la encontré en ruinas, aún humeantes. Llegué al caserón. Sólo estaba Virginia, la menor de nosotros. Tenía diez años. Al verme dio un grito de terror; no me había reconocido. Me fue muy difícil tratar de ser dulce, pero al fin logré convencerla de que era yo, y más aún, de que debía ayudarme.
Se trepó a una silla y rescató la cajita de lata; la destapó y me mostró que efectivamente, el huevo rojo se encontraba allí. Yo no podía usar las manos. si dejaba de sostenerme la cabeza, ésta caería sobre el pecho o, incluso, se despegaría del cuerpo. Le expliqué trabajosamente cómo llegar a la gruta, y le pedí que ocultara el huevo entre sus ropas, que lo cuidara mucho y que no hablara con nadie del asunto.
—Ahí vienen —dijo Virginia.
—Pron-to —dije— por la puer-ta del fon-do a la gru-ta ya.
— ¿Y tú?
—No hay tiem-po, va-mos.
Me contempló un instante más, con lágrimas en los ojos, y venciendo toda su repugnancia acercó los pequeños labios a los míos y depositó un tierno y húmedo beso en la piedra reseca. Luego salió corriendo a cumplir su misión; era una niña pequeña, había comprendido todo.
Yo me tambaleé hasta la puerta de entrada, y allí esperé a mis compañeros.
No me reconocieron, ni intenté hacer nada en ese sentido. Se aterraron ante mi presencia y huyeron en todas direcciones, luego regresaron, lentamente, trayendo picos y palos. Alberto me pegó en el hombro con un palo, y un montón de semillas se elevó y la brisa las esparció alegremente. Me pegaron en la cabeza y el palo se rompió. No pude reírme, pero algo escapó de mi garganta. Luego se me tiraron todos encima, golpeando incluso con las partes metálicas de sus implementos, y pronto quedó un esqueleto con algunos órganos más o menos petrificados y una nube de panaderos que se elevaba y se dispersaba en el aire. La cabeza había rodado varios metros.
Los muchachos se fueron a vivir con los adultos y no regresaron al caserón. Pasaron muchos días antes de que alguien se acercara a mi cabeza. Yo mantenía los ojos abiertos y no pensaba en nada; de vez en cuando se agitaba alguna idea, como una chispita que recorriera un cable en el cerebro, pero pronto moría. Tampoco sentía aburrimiento.
Se aproximó una figura extraña, parecía una enorme mujer recién nacida. Caminaba con dificultad, y era esbelta como yo había soñado a las mujeres de la isla: Pero su cuerpo era negro, de un negro reluciente, casi metálico, formado por infinidad de globitos. Se detuvo a pocos pasos de mi cabeza y la contempló.
—Jorg —dijo. Yo no podía hablar. Se acercó a mi cabeza a intentó agacharse; alcancé a ver una mano de seis dedos. Cayó al suelo, y le dio gran trabajo coordinar los movimientos para enderezarse otra vez. Luego, con mayor soltura, consiguió ponerse en cucliIlas y acariciar mi cabeza. Noté que había corregido la mano: ahora tenía cinco dedos.
—Jorg, Jorg —volvió a decir, y su voz era cálida y no provenía de cuerdas vocales. Entonces, si hubiese tenido aún el corazón, me habría dado un salto; pero el efecto fue el mismo. Reconocí a la mujer. Eran las hormigas, que de algún modo habían logrado una gran perfección en su nueva colonia de forma humana. Y esta mujer tenía también un vientre abultado. De mis ojos, que aún no eran de piedra, brotaron algunas lágrimas difíciles.
VII
Mucho después vino el viejo F. Traía una carretilla, y allí juntó mis huesos y mi cabeza y los llevó a la playa. Cavó un pozo, próximo a los lugares donde yacían los trozos del extranjero rubio, y allí enterró el esqueleto. Luego se puso en cuclillas y me miró a los ojos, como interrogándome.
—Estoy vivo, viejo —quise decirle—. No me entierres la cabeza, estoy vivo —pero no podía mover los ojos, y tampoco podía hacerme entender por medio de lágrimas ni de ninguna otra manera. El viejo, en cambio, dejó caer gruesos lagrimones, mientras meneaba la cabeza con amargura.
— ¡Viejo, hijo de puta, estoy vivo, no vayas a enterrarme! —quería gritar, pero el viejo terminó de cavar el otro pozo y depositó allí la cabeza de piedra con mucho cuidado, y tapó todo con arena.
Dejé caer los párpados, que ya no podría volver a levantar. De todos modos, no era necesario.
Con el correr del tiempo fue naciendo en mí la conciencia de la luz del sol y del aire y de los colores y de todas las cosas que siempre amé. Muchas semillas habían encontrado terreno fértil, nuevas formas de mí estaban naciendo en todas partes. En el campo, en el bosque, en la isla; en la arena y en la tierra, y más allá del río y más lejos y más ancho, más ancho y más dimensionado, más profundo. Olvidaré esta cabeza de piedra enterrada en la arena porque empiezo a nacer, dulce y alegremente, a la verdadera vida.
1984
El gran Mario Levrero.